miércoles, 29 de marzo de 2017

“LA ISLA DE FUSHIA” POR MARIO WONG.




NOTICIAS DEL BIEN PERDIDO EN LA NOVELA LA ISLA DE FUSHIA (1), DE LA ESCRITORA PERUANA IRMA DEL ÁGUILA

Por: Mario Wong

Para Ing B. K.
y Ana María del Aguila

 La isla de Fushía como toda novela moderna o, mejor, « postmoderne», es una novela transgénero, que se despliega como una investigación, e incluye -además de las referencias literarias, transficcionales, provenientes de La casa verde (2), novela de Mario Vargas Llosa y de su ensayo Historia secreta de una novela-  informaciones diversas que provienen de otras ramas del saber como la geografía, la cartografía, la etnología, la historia, la economía política (sobre el valor de cambio y El capital, de K. Marx (3) , etc., etc.; de enciclopedias y noticias de diarios (ejemplos, la de la corta guerra con el Ecuador, por el « Falso Paquisha » y, otra, la del « Baguazo », el operativo policial de desalojo, en la Curva del Diablo, durante el 2° gobierno de Alan García, en el que según los informes habrían muerto unas treinta personas entre civiles y militares) o, bien, de revistas científicas, como sobre la cattleya rex, el tipo de orquídea que cultivaba Fushía. Pero, es la ficción misma, la transficcionalidad (4) narrativa la que tiene, lo veremos seguido, un peso nada desdeñable; toda la información se convierten en materiales ficcionales en la búsqueda de la isla  y en el saber de la vida del  cauchero Juán Fushía, quien es uno de los personajes de la novela citada de M. V. Ll.

Constato, casi al finalizar mi lectura de la Isla de Fushía (y aquí comenzó la reseña de esta novela, que se convirtió en un ensayo), que la búsqueda de la « isla perdida » -¿la « isla del Paraíso » de Juán Fushia?, peruano, de origen japonés, « patrón fuerte », cauchero, en la selva peruana  de los años del boom del látex-,  se convierte en la búsqueda del « bien perdido » (5), de la infancia de Christina del Águila, periodista, alter-ego de la narradora, quien emprende ese « viaje hacia el pasado », después de 30 años. La melancolía, por el bien perdido (como si se tratase de una obsesión, con las ausencias y cambios que no puede dejar de percibir), trasunta las páginas de esta novela. Cito: « … Lejos estaba la escena de una tarde soleada en Moyobamba, cuando la abuela del Águila le dijo al oído: Ahí vienen los gentiles y Cristina, entonces una pequeña venida de la capital, abría los ojos como platos, extrañada ante la presencia de las criaturas venidas de otro mundo y recelosa por las tetas de la mujer que colgaban al aire. »(6)

¿Se trataría de lo que podríamos llamar un « recuerdo fantasmático » (que permitiría percibir el punto en que se produjo la escisión entre consciente y insconciente; más allá o más acá de la infinita repetición de la scène infantile -según S. Freud-, de la aparición indestructible del fantasma del deseo)?Esto es, de una suerte de reminiscencia alterada por la imaginación (y sobre todo por el paso del tiempo que la espuela), que habrían marcado las « vivencias del presente » de Cristina, y su búsqueda de la isla de Fushía; recuerdo este que reaparece, casi obsesivamente, a lo largo de la novela. Así, el presente (7) surgiría, súbitamente, se revelaría como eso que nosotros no hemos podido vivir ni pensar; « hay cosas que no recuerdo y, sin embargo, es el recuerdo más grande »(8).

1.- Realidad, memoria, verdad y ficción (la « verdad de las mentiras»-M. V. Ll.)

Contar la historia de la búsqueda de la isla de Fushía, plantea a la narradora el problema de la memoria, de la verdad y de la ficción; todo esto intimamente vinculado con la realidad, con lo que ocurrió, con lo que fue. Cito: « Cristina calibró las palabras, con desconfianza y franca decepción: ¿Un hombre tranquilo? En un medio tan agreste como la selva de los años cincuenta, que con frecuencia se volvía territorio hostil y donde campeaba una abierta impunidad, hombre tranquilo adquiría un sentido extraño, inesperado. Tal vez, por contraste, quería dar a entender que Fushía era un señor distinto de otros caucheros de la selva, que marcaba cierta distancia con personajes como Manuel del Águila, contemporaneo suyo, tratante de jebe en Santa María de Nieva, ¿Manuel del Águila? Sí, Jaime recordaba…» (9).

El terreno de lo que es experiencia viva, recuerdo e imaginación es fluctuante a lo largo de esta novela; esa es la relación que la narradora tiene con lo narrado. La realidad sobre la existencia de la isla de Fushía es incierta, oscilante y discontinua. ¿Existió, realmente, la isla en el Alto del río Santiago, donde Fushía retenía a las mujeres aborígenes para explotarlas y… ? Cito: « …; la isla seguía siendo un punto sin referencias geográficas precisas. Mantenía una realidad incierta, casi fantasmagórica. Y siguió siéndolo para Vargas Llosa: en La casa verde no es posible encontrar señas precisas del paisaje isleño, ninguna alusión que pudiera servir de orientación concluyente. La novela da cuenta, eso sí, de las fatigas de Fushía y Lalita, su mujer iquiteña, por alcanzar la isla bien guarecida en la agreste selva:

después siguieron, Santiago arriba, deteniéndose a dormir y a comer en poblados huambisas de dos, tres familias. Y una semana más tarde abandonaron el río y durante horas navegaron por un caño estrecho donde no entraba el sol y tan bajo que sus cabezas tocaban el bosque. Salieron y él, Lalita, la isla, el mejor sitio que existe, entre el monte y los pantanos… »(10).

2.- Historia de la crueldad: Distopía y transficcionalidad en La isla de Fushía

La transficcionalización, pienso, es lo que ha permitido a la autora estructurar esta novela; son remarcables, en el recurso de este « procedimiento », el capítulo 7, donde se nos dice que Jaime Nunes -antiguo residente y docente de Nieva-, « tuvo tratos con un amplio repertorio de personalidades locales que serían el esbozo de los personajes de La casa verde. Tuvo de vecinos a esos patrones fuertes asentados en Nieva, empezando por Julio Reátegui (en la novela, gobernador de Nieva y lascivo admirador de Lalita, la mujer mestiza de Fushía), que tenía gente nativa en el Alto Marañón, no lejos de la localidad de Imaza, que extraía y acopiaba jebe para él. Reátegui luego vendía el cargamento en Nieva al témible Manuel del Águila. También frecuentó al juez Alfonso Bensús (Arévalo Benzas, su alter ego en la novela), quien habría dado la orden a los militares de supliciar en la plaza de armas a Jum, el cacique aguaruna… » (11).

 … y también el capítulo 44, donde Nieves confronta a Lalita con el hecho de que Fushía poseía, sexualmente, a las nativas: « Las jóvenes de la isla eran sus mujeres y también sus peones de labranza. Pero se trataba de sirvientas indígenas antes que de concubinas; vale decir que el acto sexual era una obligación para las míseras concubinas.

-Su mujer soy yo sola -dijo Lalita-. Las otras son sirvientas.
-Diga lo que diga, yo sé que eso le duele -dijo Nieves-. No tendría alma si no le doliera que le meta otras mujeres en su casa.» (12).

Desde el comienzo  hasta el fin de la novela se recurre a citaciones (provenientes de los capítulos de La casa verde que tratan de la selva y hay también más de una referencia al ensayo de M. V. Ll., Historia secreta de una novela). Pero en si, la transficcionalización -como intervención sobre la diégesis (sobre la historia ficcional misma; ver la nota 4, a pie de página), como veremos en la última parte de este ensayo- se aplica, sobre todo, en el último viaje,  de Fushía; y, también, las partes de esta novela que nos relatan la obsesión de Fushía por las nativas púberes (13) y el cultivo y fecundación de sus orquídeas (de l’attirance, proustriana, de las flores y los insectos; Ob. Cit, Cap 35, p. 137).

« … Despabilada repasó las palabras de Jaime, carabina, hija, lo más preciado, una a una, en su crudo valor comercial. En la selva convulsa de entonces, una mujer y, por añadidura, indígena era un bien bastante devaluado en la tasación general de bienes. Valía algo menos que una cristiana y todavía menos que una escopeta de retrocarga. 

 -Mil soles por una muchacha nos es de cristianos cuerdos -dijo Aquilino-. Es el precio de un motor, Fushía. » (14).

La novela también da cuenta del recorrido de vida de otro « patrón fuerte » cauchero, Manuel del Águila, contemporáneo de Fushía, un tipo de estatura impresionante; quien, látigo en mano, se caracterizaba por sus métodos crueles, en el sometimiento y explotación de los indígenas, para la extracción del jebe; torturaba a las nativas amarrándolas a un árbol, en su chacra, para que las hormigas tangaranas picasen sus cuerpos (15). Terminó su vida suicidándose; tomó Baygon y se arrojó a las aguas del río Nieva. (16).

La periodista Cristina del Águila continúa su investigación sobre la existencia de la isla y Fushía; preguntaba a la gente por  una isla que escondía un harem de niñas y adolescentes recluidas como esclavas sexuales, y solían responderle: No hay; porque ellos solo veían « un islote habitado por servidumbre femenina que sudaba en la chacra,… » Constataba que: « Eran los mismos hechos pero diferentes las miradas. » (17).

… Y cuando al Inca Garcilaso (y aquí vuelvo a la nota 5, a pie de página, sobre la referencia de la narradora a los Comentarios…), sus parientes quechuas, señalándole las « manchas oscuras en el firmamento » -reflexiona Cristina-, no supo verlas: « …en forma de una llama de cuello larguísimo, un sapo que anunciaba la llegada de las lluvias en el mes de septiembre, una serpiente, un zorro. Nada. El muchacho se esforzaba, afinaba la vista, pero no, solo alcanzaba a ver las estrellas luminosas, la Cruz del Sur, Orión, Escorpio, Centauro, la bóveda celeste traída por los conquistadores españoles. Avergonzado ante su familia indígena, confesaría en sus crónicas: Y no las supe ver, por no saberlas imaginar. » (18).

3.- Melancolía por el bien perdido (en la última etapa de destrucción del capitalismo globalizado) y el     último viaje de Fushía (de una infame isla a otra para morir)

Ha pasado el tiempo, más de 30 años -desde cuando Cristina, que era una niña vio a los gentiles, y su abuela la reprendió por bajar al río-, lo « que en la selva era como decir un milenio ». Los jóvenes, entre los que se encuentran nombres de aborígenes (Ampam, Shawit, Chamik, Tsejem…) viven bajo el sobreestímulo de las imágenes de las mass medias, pero estas cesan, en algún momento, y ellos « se quedaban inapelablemente solos con la realidad desnuda, acompañados por un silencio de tedio. » (19).

Cito el inicio del siguiente capítulo, ya que tiene que ver con la nostalgia (en el discurso del pasado de los colonos de la Amazonía): «… No le extrañaba que el pasado o la narración que se hacía del pasado poblado de nativos y colonos no pegara en esos jóvenes indígenas y mestizos, que pasaban sin mirar. Ahí vienen los gentíles, le decía la abuela del Águila, muchos años atrás. Y no era para menos. Si algo quedaba del relato que los colonos amazónicos hacían de su pasado era la nostalgia por la época del boom del caucho, el oro negro y su epítome, la saga de Fitzcarraldo, en el retrato cinematográfico de Herzog, con Klaus Kinski abriendo vías de acceso en la selva agreste,… » (20).

 Más la melancolía por el « bien perdido », invade a la periodista mirando el río Nieva y su paisaje selvático; cito in extensius: « Cristina echó una larga mirada al río Nieva. La corriente seguía descargando, arrastrando gajos y hojarasca. La mujer que fue niña contemplaba el ancho culebreo del río. Se quedó lela, hipnotizada por el lejano recuerdo de sí misma, asombrada ante el incesante movimiento de las aguas, cuando se precipitó al barranco para comprobar por sí misma de donde había salido el indígena, el gentil como lo llamaba la abuela del Águila, vestido solo con… »

Descendiendo por el embarcadero de Nieva, ella le da la espalda a la voz que salía de su infancia, y « que la llamaba con tono aprensivo: Ten cuidado, hijita. Caminó sola por los tablones asentados en el fango; dominaba con la vista el paisaje selvático. Su paisaje selvático y de nadie más, se dijo a sí misma, y esa certeza la dejó en un estado de languidez semejante al que déjà una pérdida muy sentida ocurrida a temprana edad y que aflora con un detalle irrelevante, inesperado, casi por descuido. » (21). Pero una fuerza se impone en ella, que la lleva a juntar determinación para continuar su ruta.

Es la presencia fantasmática de una casucha que flotaba sobre el Amazonas, lo que le hizo créer a Fushía, que estaba regresando a la ciudad de Nauta, que se localiza en la confluencia del río Marañón con el Ucayali; la fiebre que le produce la enfermedad que lo aqueja, la viruela negra, y la ansiedad creciente por el derioro físico contribuyeron a eso: « La fiebre lo había llevado al despiste, sin duda, y también a una ansiedad creciente por el deterioro físico de su cuerpo. Fushía abrió los ojos, parpadeó, y en ese instante efímero, cuando finas agujas penetraban por el iris, le pasó por la cabeza que podría estar regresando a la ciudad de Nauta. Pero eso era imposible. Su embarcación ya viajaba por el caudaloso Amazonas. Atrás había quedado el Marañon, que en… » (22).

En ese estado de larga agonía, la omniciencia psíquica gobierna el universo transficcional, de la narración en tercera persona (23). Poseído por la fiebre y el delirio, Fushía en su último viaje de su agitada vida, va de una infame isla a otra, en su agonía, hasta encontrarse con la muerte en la ciudad de Iquitos, capital del Dpto. De Loreto. Cito: « Sí, Iquitos era otra infame isla interponiéndose en el agitado cauce de su vida. Su pecho se agitaba, emitiendo ronquidos esporádicos. En la selva resultaba imposible eludir las islas sembradas en las vaguadas infinitas de los ríos. Al final de sus días recalaba en esa otra: la corriente lo arrojaba nuevamente a una circunscripción terrestre. Y - ¿por qué no?- en otro paisaje. ¿Por qué siempre una isla?, rezongaba inútilmente. Tal vez en la costa hubiese sido distinto, una isla en el mar salado que no se acaba. Pero, ay, se desencató en el acto, el oleaje traicionero terminaría arrastrando los objetos inanimados, maderos, sogillas, cáscaras, cadáveres también, y varándolos al fin, exponiéndolos inertes en la orilla. Alejarse de una isla para venir a morirse en esta otra; meneo la cabeza a un lado, intentando eludir su destino. Sudaba y jadeaba, respirando con dificultad el aire denso y… »(24). Y este su último viaje es como un « viaje chamánico », con la tierra estremeciéndose, fisurándose (como si de las escenas del film de Glauber Rocha, « Dios y el diablo en la tierra del sol » se tratasen); la « isla de Fushía » no era más, en esa suerte de revelación agónica -él hundido en un catre de paja, invadido de voces extrañas, de mujeres en desbandada y cantos corales de monos…-, que la cabeza de un alfiler, en la inmensidad de la selva, que contenía sólo una parte de la memoria de esa historia de la infamia. Me pregunto, para concluir, si Iquitos, siendo otra infame isla, podría desaparecer, también, como la isla de Fushía, devorada por la selva amazónica (25).

París-Montmartre, 17 de febrero del 2017.
Mario Wong, escritor peruano.

Notas:

(1) Irma del Águila, La isla de Fushía, Alfaguara, Lima, 2017.
(2) Mario Vargas Llosa, La casa Verde, Seix Barral, Barcelona, 1993 (1a Ed. 1983; para su ensayo Historia secreta de una novela, ver: Obras Completas. Narrativa y novelas (1957-1967), tomo I, Galaxia Gutenberg, Ed. del autor, Barcelona, 2004, Apéndice, p. 955-998).
(3) Sobre el sistema de explotación del látex, impuesto por los « patrones fuertes » en la Amazonía, cito: « Los patrones eran los mágicos artífices del fetichismo de la mercancía del capital. El secreto de la acumulación del valor de cambio era un prodigio que operaba ante los ojos de los iletrados trabajadores indígenas, produciéndoles una vivísima impresión. El evento no estaba directamente asociado a la abstracta acumulación del excedente producido por la fuerza de trabajo asalariada y que, en palabras del viejo Marx, era el misterio oculto del capital. En la selva, la magia brotaba como la maleza después de la roza, siempre endémica. » (Ob. Cit., Cap. 28, p. 102).
(4) Según Richard de Saint-Gelais «…la transfictionalité ne consiste jamais à intervenir sur un texte initial, bien évidemment inchangé, mais sur sa diégèse, c’est-à-dire au bout du compte sur la reconstitution que les lecteurs en font, ou consentent à effectuer sur la base d’une continuation, d’une rectification, d’une version décalée ou même transgresive.» (Ver R. Saint-Gelais, Fictions transfuges. La transfictionalité et ses enjeux, Mesnil sur L’Entrée (Eure), Éds du Seuil, 2011, p. 70. Y sobre les enjeux de la transficcionalidad, con respecto a la novela de Agatha Christy, The murder of Roger Ackroyd,  p. 522-532; también leer: Pierre Bayard, Qui a tue Roger Ackroyd?, París, Éds. Minuit, Coll. «Paradoxe», 1998).
(5) Ver, del psicoanálista Max Hernandez, Memoria del bien perdido. Conflicto, identidad y nostalgia en el Inca Garcilaso de la Vega; la narradora cita Los Comentarios reales del Inca, al final del cap. 45. Cito: « La mente de la periodista recaló en una lectura del colegio, Los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega. El joven mestizo no podía reconocer las estrellas negras de sus parientes maternos, descendientes de los… » (Ob. Cit., p. 154).
(6) Irma del Águila, Ob. Cit. , Cap. 46, p. 159-160.
(7) El poeta francés Paul Valéry sostenía que « nous entrons dans l’avenir à reculons », y el filósofo italiano Enzo Melandri (varias décadas después), quien se reclama de « l’archéologie foucauldienne », sobre el conocimiento del pasado, retomando a Nieztsche, plantea una « regresión dionisica »: « … pour comprendre le passé, nous devrions pareillement le remonter à reculons» (E. Melandri, la linea e il circolo. Studio logico-filosofico sull’analogía, Macerata, Quodlibet, 2004 (1re éd. 1968), p. 67). A propósito de todo esto, que tiene que ver con la « tempête de l’histoire », Giorgio Agamben escribe, cito in extensius: “L’image d’une avancée dans le temps qui tourne le dos au but, se trouve , comme en lo sait, chez Benjamin, à qui la citation de Valéry devait être familière. Dans la IX thèse, l’ange de la histoire, dont les ailes se sont empêtrées dans la tempête du progrès, avance vers l’avenir à réculons*. La regression « dionysiaque » de Melandri est l’image inverse et complémentaire de l’ange benjaminien. Si celui-ci avance vers l’avenir en tenant les yeux fixés sur le passé, l’ange de Melandri recule dans le passé en regardant vers l’avenir. Ils avancent tous deux vers quelque chose qu’ils ne peuvent pas voir ni connaître. Ce but invisible des deux images du processus historique est le présent. Il apparaît au point où leur regard se rencontrent, quand un futur atteint dans le passé et un passé atteint dans le futur coïncident durant un instant. » (G. Agamben, Signature rerum. Sur la méthode, Librairie philosophique J. Vrin, Paris, 2008, p. 114).
(8) « Ce souvenir qui ne se souvient de rien est le souvenir le plus fort. » (Dino Campana). D. Campana es, quizás -según Agamben, quien lo cita de uno de sus cuadernos sobre Nietzsche y el eterno retorno-, el más grande poeta italiano del siglo XX (Ver «L’image immémoriale », in: Image et mémoire. Écrits sur l’image, la danse et le cinéma, Desclée de Brouwner Éds., Paris, 2004, p. 110).
(9) Irma del Águila, Ob. Cit., Cap. 7, p. 34.
(10) Ob. Cit., Cap. 3, p. 18.
(11) Ob. Cit., p. 35.
(12) Ob. Cit., p. 153; la cita en itálicas continúa.
(13) Sobre el delirio que le produce, a Fushía, el descubrimiento de la « niña-mujer », al entrar su embarcación en la quebrada Potro: « … Es eso, al final, nada más importa, pensaba, al contacto con la preciosa prenda oculta; inhaló profundamente. Eso, la vagina tierna, limpia, sin vellos; sí pues, mantuvo el cigarrillo entre los dedos contemplando su epifanía, una humareda de pétalos lisos y de un blanco acendrado, fruncidos en los labios del sexo de la indígena, como un encaje finísimo de hilos de algodón. Volvió a colocar el pitillo humedo entre los dientes. Para el hombre, la piel lampiña era la desnudez plena; el brote del deseo germinaba en el delicado capullo y luego en una orquídea en flor. Cultivador de huerto, sopesaba el valor de lo efímero de una primera floración. » (Ob. Cit., Cap. 33, p. 120; en el inicio del  siguiente capítulo, sobre esa atracción de Fushía, figura la cita, en italicas, de la novela de M. V. Ll.).
(14) Ob. Cit., Cap. 22, p. 78; la frase en itálica proviene de La casa verde.
(15) Ob. Cit., Cap. 7, p. 34.
(16) Ver el Cap. 48, p. 167 y, también, los Caps. Continuos.
(17) Ob. Cit., Cap. 44, p. 154.
(18) Idem.
(19) Ob. Cit., Cap. 46, p. 160-161.
(20) Ob. Cit., Cap. 47, p. 163.
(21) Ob. Cit., Cap. 51, p. 173-174.
(22) Ob. Cit., Cap. 39, p. 137.
(23) « … L’omni-science psychique n’est pas un type ni un mode, ni un moyen ni une technique narrative, mais constitue la norme structurelle fondamentale qui gouverne l’univers de la fiction à la troisième persone tout en étant logiquement exclue de tous les autres domaines discursifs. » (Ver Dorrit Cohn, Le propre de la fiction, Éd. Du Seuil, Paris, 2001, p. 45 y siguientes; ella sigue en esto a Kate Hamburger y Ann Banfield).
(24) I. del Águila, Ob. Cit., Cap. 53, p. 182-183.
(25) « Y cada año el cerco de la selva se iba cerrando sobre el poblado flanqueado en el este por la margen izquierda del Amazonas; en el oeste, por las tierras cenagosas y las aguas de los ríos afluentes, el Nanay y el Iraya, que discurrían en dirección este, líneas que culebreaban la urbe selvática, la una por arriba y la otra por debajo, y cerraban el perímetro natural desembocando en el gran río, allá por las inmediaciones del puerto de Masusa y el barrio de Belén, respectivamente. Tierra inestable de charcos y sedimentos, colchón de purma y fango, llanura aluvial, una existencia suspendida en la precariedad extrema, más allá de la cual solo quedaba la basta selva inundable. » (Irma del Águila, Ob. Cit., Cap. 53, p. 181) Es este párrafo sobre « el destino insular » de Fushía, en estado agónico, el que me ha llevado a formular dicha pregunta; ese « Fushía agónico », transficcional, de Irma del Águila está completamente vivo, hasta su deceso (p. 183). En los capítulos finales, la novela alcanza, sin ninguna duda, una alta intensidad poética (para el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, la poesía es uno de los componentes, quizás el más importante, menciona cinco, de una buena novela del nuevo siglo; ver Perder teorías, Seix Barral-Únicos, Barcelona, 2010). Así, la poesía permite buscar y descubrir, revelar lo que hay oculto detrás de la realidad aparente de las cosas.

jueves, 23 de marzo de 2017

“PUERTOS” POR MIGUEL ILDEFONSO.



“PUERTOS DE SANTIAGO”

Por: Miguel Ildefonso

Santiago Risso (Lima, 1967) acaba de publicar Puertos. Antología personal (Alejo Ediciones). Poeta, periodista, promotor cultural y editor, Santiago desde inicios de la década del noventa ha trabajado activamente en todo lo concerniente a la cultura. Una labor que conocemos sus compañeros de promoción poética, la “del 90”, cuando en su Centro Cultural Mammalia organizaba inolvidables recitales. Allí desfilamos decenas de jóvenes poetas, que superábamos el miedo a los apagones y bombas para leer en voz alta nuestros primeros poemas. Santiago editó en 1996 la primera antología de la década (“La generación del noventa”). Ese desafío al terror y al silenciamiento queda como una escuela hasta hoy, bajo la guía prístina de la poesía. Santiago, merecidamente, está celebrando los 25 años de Mammalia y esta vez con su antología que, dividida en dos estaciones, recoge poemas de sus libros: Rey del charco (1995), Cuesta (1999), Trasmutaciones (2000), Prosa de Nueva York (2003) y Hospital Callao (2007). Su poesía se diversifica en propuestas que recogen, a partir de la reflexión y la exaltación vitalista, lo más lúdico de las vanguardias como la poesía visual; pero también con afinidad a la lírica clásica, entiéndase los haykus o la poesía del Romaticismo. Pero, tal como caracteriza a la estética que se practicaba en los noventas, su poesía tiene una fuerte influencia de lo urbano. Entre la meditación reveladora (“Maestro/ ya caí en la peste/ y no quise/ y sí quise/ confírmame/ ahora/ si el dolor es eterno/ o si tengo/ una sola esperanza/  y un par de alas nuevas”) y la crónica totalizante (Zurita:/ El mar del Callao está picado./ Las olas revuelven incontenibles garfios,/ bateas, escafandras/ y demás pecados mortales./ El tono muscular del paraíso/ es gris vespertino/ lejos, lejos, lejos “Lejos,/  —no son— esas perdidas cordilleras de Chile…”), vamos recalando en estos puertos existentes, algunos serán revividos de sus naufragios, otros lectores saciarán su sed y volverán a la mar; otros se quedarán esperando quién sabe qué en el muelle, sin adentrarse a tierra firme. La poesía nos señala un deslumbramiento, un eterno presente, como vemos en estos dos poemas.


Evolución

todas las páginas
de mi destino
fueron dibujadas
en los cómics rupestres
que observo
en el libro de historia natural
la edición es de 1967
año que me recuerda
mi primer llanto
y aquellas páginas
amarillentas
ahora
me dicen
como un llanto raudo
y cíclico
que mi destino
reposa en el azul
cobijo
de un siguiente llanto
esta vez seco
y de páginas
pulverizadas


Madre vs. Padre

mi padre  transita
frente al río
pisa la rama
el rocío es herido
por el viento
y de pronto
un charco profundo
inunda el parabrisas
es mi madre
con todo el amor
del mundo
cae como la lluvia
en la noche
que ambos
frente al río
dibujan
mi nombre


miércoles, 1 de marzo de 2017

lunes, 16 de enero de 2017

“MAR ULTERIOR” POR MIGUEL ILDEFONSO.




“MAR ULTERIOR”

Por: Miguel Ildefonso

Parix Cruzado nació en Trujillo en 1979, es autor del poemario Veintiocho (2013) y acaba de publicar un libro: Mar ulterior. Son veintiocho poemas divididos en cinco secciones: Mar inicial, Sobre, Sueño de las bocas abiertas, Oficio y Mar ulterior. Sin lugar a dudas la costa norte peruana siempre da buena poesía; no necesita de la algarabía de la capital para producir buena literatura, aun cuando no cuenta con buenos recursos editoriales. Buen trabajo, por ello, de Ediciones OREM que dirige Oscar Ramírez por dar a conocer, por ejemplo, este trabajo de Parix Cruzado. Aquí transcribo el poema inicial de esta poesía que recoge del mar sus más sublimes y existenciales contemplaciones, confesiones de heridas y gozos, y vuelos de aves testigos de profundos naufragios en carros y buses varados en las carreteras del desierto.

1

El Mar es una excusa, el litoral, el ocaso, el mirador,
La libertad de las aves.
El muelle: alineación evasiva, subterfugio calado
De metal y madera. Imagen diurna:
Es posible usar el estribo del auto como posadera
Y sentarse a tender una mirada perdida.
Dudo haber fundado la costumbre de viajar al norte,
Conducir un par de horas para llegar a encender nuevamente
El último cigarrillo y volver a decir basta.
Desde el mirador, de espaldas a la ciudad, mi voluntad y ojos
No resisten, corren hacia ella para divisar dos siglos muertos
Devueltos en imagen al presente.
Aunque la línea marina alzó su voz,
La esbelta carroña de las horrendas aves pudo más.
El sol se está poniendo y no logro erguir la cabeza.
La especie que se reduce en mí dibuja un animal altivo,
De ciudad, que no sabe vivir. He perdido el alma de las cosas.
Lo natural es una excusa, habito en el papel.
Estoy aquí, vuelvo a esquivar la vista, a inclinar el rostro
Y a encontrar antes del suelo a mi hoja.
Solo escribo para alargar mi partida.
Me es imposible resistir el asalto.
Cierro los ojos para divisarlo todo con la mente.
Respondo al momento y escribo:
He conocido un lugar donde contenerse es imposible,
Todo aquí son olas para coronar y caer.




martes, 3 de enero de 2017

miércoles, 30 de noviembre de 2016

miércoles, 23 de noviembre de 2016

martes, 22 de noviembre de 2016

sábado, 8 de octubre de 2016

“HISTORIA DE AMOR Y DE CANÍBALES” DE MIGUEL ILDEFONSO.




“HISTORIA DE AMOR Y DE CANÍBALES”

Por: Miguel Ildefonso

En mí todo era hambre, el mismo hambre de las moscas y los zancudos, la misma delectación de la carne y la sangre. De un solo bocado quería devorar toda esa miseria que circulaba por la ciudad a esas horas de la noche. Por eso envidiaba la antigua concupiscencia de las ratas, su estoica destreza para suplir la luz por la náusea y sus bazofias. Cada noche enterraba lo que quedaba del amor después de haberme saciado. Enterraba unos mechones de cabellos, algunos huesos, los más gruesos y duros como el sacro, el coxis, el iliaco, el omóplato, el fémur y el cráneo. El amor, comprendí, era ese hambre insaciable de los caníbales. Era tan natural amar como era cotidiano abrir por la mañana la refrigeradora y sacar una botella de leche antes de leer el periódico. Para conseguir a mis víctimas mi vida se fue convirtiendo en un adquirir las costumbres del felino. Podía escoger entre un tigre, un león o un leopardo. Pero aquí empieza la historia, porque ninguna de aquellas bestias pude ser cuando conocí a Virginia. La historia, llamémosla así, mi historia con Virginia, empezó en una de esas discotecas del centro de la ciudad a donde solía ir para encontrar el amor. Miserables discotecas que funcionaban en viejas casonas.

En la discoteca Cerebro conocí a Virginia. Vestía minifalda, toda de negro, cubriendo apenas su palidez. Sin mirarme a la cara aceptó bailar conmigo. Bailamos algo de The Cure, luego le invité una bebida. No nos despegamos en ningún momento porque muchos otros caníbales estaban al acecho, esperando un descuido mío para arrebatármela. Íbamos a empezar a bailar una lenta de U2 cuando Virginia, antes que yo pudiera percatarme de su deseo, colocó sus brazos sobre mis hombros y, sin quitar sus ojos clavados en los míos, me llevó contra una pared. Sentí su lengua en mi boca. En ese momento le hubiera dado el primer mordisco, pero me contuve al sentir su muslo izquierdo alzándose entre mis piernas. Era como una contracción, un vacío en el estómago, algo como un grito de niño atrapado en mis crujientes tripas lo que me frenó. Hasta ese entonces creía que el amor de los caníbales era masoquista; porque en el fondo, juntito al corazón --- pensaba ---, ellos, o mejor dicho, nosotros, queríamos ser los devorados. Y al no causar en nadie ni siquiera la tentación o una segregación extraordinaria de saliva, creía que nos poníamos en lugar de la víctima para comernos, convertidos en nuestras propias víctimas, como si hubiera habido una transubstanciación. Así me imaginaba a mí siendo devorado: tiras y tiras mis carnes bajo la luna.

A estas alturas de la historia cabe decir que a los caníbales nos gusta comer de noche y en soledad. No nos avergonzamos de ello, todo lo contrario, es nuestro orgullo poder mirar en la oscuridad lo que nadie ve por estar más preocupado en encontrar la luz, la luz por la luz, “más luz” como dijo Goethe antes de morir. Pero lo que primero fueron malas circunstancias, procedimientos equivocados por la sobrexcitación ante ese fastuoso cuerpo, irrupciones torpes de goloso ante aquel delicioso banquete; después fue algo extraño e incomprensible, una mezcla de temor y sensación de eternidad que me producían sus miradas, sus besos, sus palabras. Todas las causas y los azares objetivos y obsesivos se conjugaron en ella, y el descubrirlo, me di cuenta, podía costarme sus blandas carnes, sus riquísimos senos, sus jugosos glúteos. Virginia había demostrado ser un hueso duro de roer.

Ella siempre quería que nos viéramos en mi departamento. Yo nunca había llevado a mis víctimas para hacerlo allí, porque temía que antes pudieran abrir el refrigerador y se asustaran con lo que podían encontrar. Recuerdo claramente la noche, garuaba como sólo garúa en esta maldita ciudad. Vi por la ventana a Virginia bajar del taxi y correr hacia el edificio. Al abrirle la puerta me esperaba como sabía que me iba a gustar: una sonrisa, bajo un abrigo negro una minifalda roja y las piernas abiertas. “Así que aquí es tu cueva”, me dijo moviendo despacio la cabeza como afirmando en forma irónica el haber obtenido una victoria más. Me fijé en el cigarrillo encendido que tenía en su mano derecha, me di cuenta que por primera vez ya no llevaba el piercing en su ombligo, y todo eso me hizo recordar aquel pensamiento que dice que el caníbal es el niño que sobrevive en el hombre. La cena aún no la tenía lista. Hasta esa fecha sólo había sido besos con lengua, arañazos, y a veces con delicadas mordidas. Tal vez mi primer error fue regalarle una pulsera, un acto muy tierno de mi parte. ¿Cómo es ella?, me preguntó la vendedora detrás del mostrador. Es bella, respondí instantáneamente, como si hubiera ya adivinado en sus ojos lo que me iba a preguntar. “Es bella porque no tiene misterio”, dije en mi mente cuando cenábamos esa noche, mirándole la pulsera que le había regalado días atrás, mientras ella me hablaba de sus clases en la Universidad. La garúa había cesado hace rato y de pronto las velas pestañaron porque una fuerte explosión hizo retumbar el edificio. Las balas no se escuchaban tan lejos. Me levanté de la mesa. ¡Apártate de la ventana!, me gritó aterrorizada Virginia. Yo quería saber en dónde había sido el atentado, pero todo era oscuridad afuera, y por primera vez no vi nada en la oscuridad. Felizmente nosotros ya teníamos las velas encendidas. Y sin importarnos ya lo que pasara afuera, nos echamos en la alfombra e hicimos el amor toda la noche.

Olvidaba decir algo importante: que Virginia era vegetariana. Sí, esa primera noche en mi departamento, cuando celebrábamos una semana de habernos conocido, apenas probó el jugo del buen trozo de cerdo que había yo preparado con esmero especialmente para ella. Pero las papas, la ensalada, las frutas del postre, sí que se las devoró con apetito. Sin que ella pudiera percatarse, la carne en mi plato era de otra especie; mejor dicho, era el último bocado que me quedaba de la vendedora de la joyería donde compré la pulsera para Virginia.

Entre caníbales nos olemos, sabemos reconocernos. No lo sabría explicar completamente cómo, pero inmediatamente reconozco al caníbal. Me tropiezo con varios en la calle: él me mira con una especie de odio, asco y socarronería, y de seguro que yo lo miro igual. Difícilmente podemos hablar entre nosotros, pero si la situación lo exige no queda otra cosa que hacerlo. Con relación a la historia de Virginia, puedo contar ahora lo que me pasó una noche en un bar. Había discutido con ella en la tarde, todo a partir de mis burlas que le hacía por lo que comía. Nunca pensé que lo pudiera tomar demasiado en serio. Pero pasó, me dijo que yo era muy insensible, que de todo me reía. Yo me encontraba ya por el segundo vaso de whisky en aquel bar. Indiferente veía en el televisor los informes sobre los últimos asesinatos, hasta que el barman cambió el canal a un partido de fútbol. Era un caníbal viejo, ex policía. Lo primero lo supe apenas entré al bar y lo segundo cuando, luego de pedirle el tercer vaso, me adivinó a medias el pensamiento. Se rompió el interdicto de nuestra intolerancia y empezó a contarme su historia, una historia muy larga para contarla aquí. En resumidas cuentas, para mi mal de amor, para que sin más contemplaciones pudiera comerme a Virginia, lo que me quería decir era que no me preocupara, que con tantas desapariciones y asesinatos de todo tipo, jamás podrían ensañarse únicamente con los caníbales. Era lo último que la policía podía hacer. Hasta me dijo que no era conveniente para el país. Caníbales habían en las más altas esferas políticas como en el Congreso por ejemplo. Finalmente empezó a darme unos consejos, y hasta ahí lo aguanté; pagué la cuenta y me largué.

Me reconcilié con Virginia cuatro días antes de navidad. Quedamos en vernos otra vez en mi departamento al que adorné con cientos de pétalos de rosas rojas. Pétalos esparcidos en las mesas, los estantes y por toda la alfombra. La cena ahora era italiana, acompañada de vino tinto. Esta vez yo comí lo mismo que ella, sólo vegetales y sólo por darle gusto, al menos eso creí entonces. Yo sabía que sus besos me hacían perder la cuenta de mis errores, y aún así me gustaban. Ya no me importaba seguir fallando en mis procedimientos de felino si los fallaba con ella. Luego de cenar y bailar pegados una canción de James, tirados ya en la alfombra, abandonados del mundo, abandonado de mí mismo, abandonado en ella, empezamos a hacer el amor. Si afuera estalló otra bomba o si sonaron balas toda la noche, ya no eran de nuestra incumbencia. Tenía el equipo en alto volumen con temas de Front 242, Joy Division y Nirvana; tenía el cuerpo desnudo e infinito de Virginia entre pétalos rojos. Sin ninguna culpa por traicionar mi canibalismo o por aquel ritual sublime que estaba sucediendo en mi departamento, reconocí, en medio del éxtasis, que éramos los únicos habitantes felices en muchísimos kilómetros a la redonda.

Una tarde que fui a recogerla por primera vez a su universidad, en la entrada Virginia me estaba esperando con un short de jeans desteñido y una camiseta blanca muy ceñida, junto a sus dos mejores amigas, muy apetitosas por cierto, y un tipo muy delgado y alto, que era su mejor amigo. Había sol, y sin pensarlo mucho fuimos a la playa por el ceviche y las cervezas. Allí me daría cuenta de que ya no tenía ninguna salida. Fue en el sunset en el momento en que saqué del auto el libro que había comprado camino a la universidad de Virginia, Goethe y los griegos, un libro que el caníbal viejo del bar me había dicho donde comprar y que, por resistirme a seguir algún consejo de él, no lo había hecho hasta entonces. Yo creía que las mejores cosas venían por el azar, y las maravillosas por fuerzas superiores que venían a través de los caníbales. Yo me tenía todavía confianza hasta que Virginia, con esa suave voz que me hace temblar con el mismo cosquilleo de la primera vez que la oí, me dijo, apenas yo empezaba a leer las primeras líneas del libro, en esa arena tibia, y con el mar y las gaviotas como testigos, que estaba esperando un hijo mío. Sentí que la arena me tragaba, y mientras era devorado veía a sus mejores amigos, que se habían quedado en el restaurante, bailando salsa y bebiendo más cervezas. Yo miraba esos cuerpos voluptuosos con sus contorneos brillantes, tendido en la arena, junto a Virginia preñada de mí, primero con prematura nostalgia de mi concupiscencia, luego con una brusca sensación de bulimia y finalmente con una anorexia total. En ese momento quería que la arena terminara de comerme y no quedara ninguna huella de mí sobre ella, o que una ola me arrancara de este mundo con sus blancas espumas. Sólo eso quería.

Prácticamente desde que conocí a Virginia había dejado de ir a esas discotecas del centro de la ciudad. Mi modo de alimentación se restringió a sacar del congelador todas mis reservas. Mi último trozo de amor fue una odontóloga que conocí en un café de un nuevo centro comercial, una carne muy desabrida además. Yo pensaba que mi canibalismo estaba íntimamente ligado al amor, “canibalismo” o “amoralismo” era lo mismo. Pero Virginia, hasta ahora no comprendo cómo, sin enterarse nunca de mi canibalismo, hizo que cambiara la realidad de la cual estaba hecha mi vida. Aquí debería acabar esta historia que, como se habrán dado cuenta, no resultó como quería. La magia de Virginia hace que todo momento sea siempre el inicio de una historia que me hace incapaz de predecir su final.

Hoy, 21 de noviembre, por ejemplo, a las cuatro y media de la tarde, nació mi hijo. Ya desde hace tres meses que me he vuelto vegetariano. Virginia está feliz, con el cuerpecito de Aníbal, así se llama la criatura, a su lado. No sé si se parece más a ella o a mí. Qué importa eso ya. Aun cuando ahora sólo coma lechugas, zanahorias, alverjas, nabos y tomates, yo me sigo considerando un caníbal. Que quede bien claro esto porque no es cuestión de gustos. Virginia me dice que cargue al bebé. Con extremo cuidado, suavemente, lo llevo hacia mí y me lo como a besos.

De: “Hotel Lima” (2006)

lunes, 3 de octubre de 2016

“POESÍA DESDE ICA Y OTROS CENTROS DEL PERÚ” POR MIGUEL ILDEFONSO.




“POESÍA DESDE ICA Y OTROS CENTROS DEL PERÚ”

Por: Miguel Ildefonso

Hace poco tuve la suerte de participar, en Huacachina (Ica), en el II Festival de Poesía “Poetas en la Arena” organizada por la Biblioteca Abraham Valdelomar que dirige el poeta, escritor y promotor cultural Alberto Benavides. El autor del reciente libro Al pie del desierto es fundador de la Escuela Libre Puerto Huamaní en Samaca, Ica, y dirige, también, el sello editorial de la Biblioteca que lleva el nombre del más insigne escritor iqueño. Bajo la dirección de Patricia Meléndez, ellos editan la revista “El Ojo Interior. Semillas para la consciencia ciudadana”. De distribución gratuita y con un tiraje de diez mil ejemplares, en esta onceava edición de setiembre se publican interesantes artículos, por ejemplo, de César Panduro, David Novoa, Pedro Favaron y Jorge Chávez Peralta, quien escribe sobre Rogelio Gallardo “el poeta del ser”. Ojalá la revista sea más accesible en Lima, donde hace falta esa mística que nace de la sensible conexión con la naturaleza y de nuestra milenaria cultura peruana, que caracteriza a esta publicación.

En pleno Festival, en la orilla de la laguna, bajo las palmeras que apartaban los rayos del sol haciendo sombra en la tersa arena, tuve acceso a algunos libros de poesía.

Los lados del agua (Paracaídas, 2016) de César Panduro (Ica, 1980). “Criatura libre, el poeta nada en la sustancia de la que se compone él mismo (aunque a veces lo olvide), se reencuentra con imágenes de su pasado, se extravía en sus amores y deseos, se descubre más y más oscuro conforme se dirige al fondo”, dice el texto de contratapa. Aquí un poema:

Mar

Amo el mar porque se parece a mí.
Bajo la piel tiene barcos devastados,
botellas rotas
y anclas que no levaron.
Se enfurece si la luna tiembla
la ausencia de las estrellas.

El mar es lejano, oscuro y lo amo
porque nunca habla
ni tiene piernas, ni billetera,
porque es el mismo grito rompiéndose en la piedra.

Amo el mar de una caleta,
de un cigarrillo confundiéndose en la niebla,
el mar que oxida ventanas,
que vuela su prisa por golpear
el día en mi puerta.

Brayan Rojas Osores (Ica, 1990) tiene dos plaquetas pulcramente editadas: Buque de primavera y Recamara de flor. De esta última, extraemos este breve poema:

IX

Paso la vida como una isla a ciegas
una flauta de hueso
es suficiente
para describir el abandono de mis huesos
la arena llora
amables cangrejos de todas las edades
una mujer de la que nadie habla
dibuja sus labios en el agua
para que los bese.

Como errante que no quiere nada (Paracaídas, 2016) de William Siguas (Cañete, 1990). “Las palabras surgirán como herramientas útiles para remover los pliegues donde se ocultan, reunidos desde hace tanto, recuerdos familiares, experiencias personales, deseos y perdidas”, se dice del poemario. Aquí va una muestra.

Juglar

Cantor desde antes y en lengua popular,
extraje cantos de Roma
como cantos de amor.
La belleza para mí fue incluir lo profundo de la vida,
las cosas simples, complejas, parecidas al laberinto.
Anillé mis pliegos de la boca y los dediqué a un dios
porque nosotros nunca hemos escrito,
solo sentimos poesía.
Lo nuestro ha sido un largo sonido sin conexión,
siempre celoso de aquellos que pueden escribir.
Soy intermediario entre musas y semidioses,
entre ninfas y hombres.

Nunca podre escribir un verso,
por condena me toca cantar.

Gonzalo Valderrama (Cusco, 1978) trae su reciente publicación, el libro objeto  Canciones de radio. Aquí un fragmento: “escucho/ en este aguacero/ en esta retirada/ las viejas canciones de radio/ las tonadas pegajosas/ imagina que a veces camino/ con una radio colgada del hombro/ como se caminan las pampas/ desoladas/ donde no hay gente/ solo ichu y viento”.

Mipibaal (Editorial Bracamoros, 2016) de Carlos Ríos Moreno (San Martín), es un poemario “arraigado en la tradición bíblica y la poesía mística”. Va este poema.

Níspola Ardiente

El alce almizclero,
muy seguro de sí,
llama a su especie,
pero los hombres,
atávicos en su desprecio,
hacen de mí
un ángel,
refriegan mi cuerpo
apenas enterados
que una níspola ardiente
me consume.
¿Acaso alguien puede desear
esa figura al sol?,
se preguntan.
No adoro mi rol
pero el sueño
de Priapo
cabalga desbocado
por mis muslos.

Una hoguera bajo el agua (Lustra Editores) de Víctor Guillen (Lima, 1958). El es autor de poemarios como 9 ventanas y otros poemas y Sin camino ni espejo. Aquí un fragmento: “Bob Dylan lo dijo cantando:/ la respuesta está en el viento/ el viento que dejas atrás/ sumido en transparencia irreal/ y envuelto en redondez de orbe/ y la mano/ la mano sobreviviente/ del cuerpo/ yace sin su par/ ni instrumento/ y en cada dedo siniestro/ apaga su música y verbo/ en cuanto llegas/ y llegas a tu cita ineludible/ de las nueve y nunca/ ya no con la velocidad/ de una liebre/ sino como alma que lleva el diablo”.

El poeta y el sapo (Editorial Bracamoros, 2016) de Mario Ávila Rubio. De él ha escrito el poeta y crítico Raúl Jurado: “Ávila Rubio sabe que la poesía se lee con otros ojos, que se siente en la fragilidad de un “corazón de bambú”, que camina como el ciempiés bailando bajo el sol. Sabe que el poeta tiene necesidad de mantener un silencio prolongado que solo se rompe cuando una nueva víbora nos regala manzanas de flama y lujuria para volver a escribir un nuevo libro y publicarlo. Ávila sabe que el poeta es un gato-tigre, un atoq enamorado del silencio de la escritura.” Aquí un poema del libro que acaba de publicar luego de treinta años en que publicara La canción de los topos.

Galileo

“La mañana es hermosa”
escribió el aprendiz,
y le cayeron encima
las observaciones
de su preceptor.
“La principal tarea del poeta
_ dijo _
es evitar los lugares comunes”.
Y corrigió:
“La mañana es una dama enamorada”.

Después miró a su discípulo,
quien lo aprobó con una sonrisa.
Mas, luego
dijo entre dientes:
“Cierto,
pero sigue siendo hermosa”.

Por último, el poderoso poemario Prooémium mortis del conocido poeta, traductor, editor y promotor cultural Renato Sandoval. Con este libro se hizo del Premio Copé de Bronce de la XVII Bienal de Poesía 2015. “Entonces el punto/ la escueta cava del encanto/ el norte imbuido en su propia especie/ a tientas en el umbral de la razón no concebida/ el murmullo de las manos replegadas contra la mente/ un escozor en una palma y un orificio en la otra/ por donde se cuelan todos los talentos/ el munífico saber de los más débiles/ crepitando azules entre las llamas del despojo/ a ciencia cierta o desierta/ la voz en su ola de aliento y deseo/ como la afrenta en su día más plano/ o la desidia empozada sobre la cuesta no vista y sin palabras”; así inicia este libro que dialoga con veinticuatro filósofos que se reunieron en el siglo XI en un simposio para dar cada uno su propia definición de la divinidad.

Una de las mejores cosas de mi experiencia en el II Festival de Poesía “Poetas en la Arena” fue el taller que di en la Biblioteca. Más que un taller fue una charla con un público compuesto de niños, hombres y mujeres, de todas las edades, y donde escuché la poesía de distintas generaciones de iqueños que llegaron libremente a ese oasis de la palabra y el espíritu, del conocimiento y del éxtasis.

Lunes, 3 de octubre de 2016.
Calle NN.