lunes, 16 de enero de 2017

“MAR ULTERIOR” POR MIGUEL ILDEFONSO.




“MAR ULTERIOR”

Por: Miguel Ildefonso

Parix Cruzado nació en Trujillo en 1979, es autor del poemario Veintiocho (2013) y acaba de publicar un libro: Mar ulterior. Son veintiocho poemas divididos en cinco secciones: Mar inicial, Sobre, Sueño de las bocas abiertas, Oficio y Mar ulterior. Sin lugar a dudas la costa norte peruana siempre da buena poesía; no necesita de la algarabía de la capital para producir buena literatura, aun cuando no cuenta con buenos recursos editoriales. Buen trabajo, por ello, de Ediciones OREM que dirige Oscar Ramírez por dar a conocer, por ejemplo, este trabajo de Parix Cruzado. Aquí transcribo el poema inicial de esta poesía que recoge del mar sus más sublimes y existenciales contemplaciones, confesiones de heridas y gozos, y vuelos de aves testigos de profundos naufragios en carros y buses varados en las carreteras del desierto.

1

El Mar es una excusa, el litoral, el ocaso, el mirador,
La libertad de las aves.
El muelle: alineación evasiva, subterfugio calado
De metal y madera. Imagen diurna:
Es posible usar el estribo del auto como posadera
Y sentarse a tender una mirada perdida.
Dudo haber fundado la costumbre de viajar al norte,
Conducir un par de horas para llegar a encender nuevamente
El último cigarrillo y volver a decir basta.
Desde el mirador, de espaldas a la ciudad, mi voluntad y ojos
No resisten, corren hacia ella para divisar dos siglos muertos
Devueltos en imagen al presente.
Aunque la línea marina alzó su voz,
La esbelta carroña de las horrendas aves pudo más.
El sol se está poniendo y no logro erguir la cabeza.
La especie que se reduce en mí dibuja un animal altivo,
De ciudad, que no sabe vivir. He perdido el alma de las cosas.
Lo natural es una excusa, habito en el papel.
Estoy aquí, vuelvo a esquivar la vista, a inclinar el rostro
Y a encontrar antes del suelo a mi hoja.
Solo escribo para alargar mi partida.
Me es imposible resistir el asalto.
Cierro los ojos para divisarlo todo con la mente.
Respondo al momento y escribo:
He conocido un lugar donde contenerse es imposible,
Todo aquí son olas para coronar y caer.




martes, 3 de enero de 2017

miércoles, 30 de noviembre de 2016

miércoles, 23 de noviembre de 2016

martes, 22 de noviembre de 2016

sábado, 8 de octubre de 2016

“HISTORIA DE AMOR Y DE CANÍBALES” DE MIGUEL ILDEFONSO.




“HISTORIA DE AMOR Y DE CANÍBALES”

Por: Miguel Ildefonso

En mí todo era hambre, el mismo hambre de las moscas y los zancudos, la misma delectación de la carne y la sangre. De un solo bocado quería devorar toda esa miseria que circulaba por la ciudad a esas horas de la noche. Por eso envidiaba la antigua concupiscencia de las ratas, su estoica destreza para suplir la luz por la náusea y sus bazofias. Cada noche enterraba lo que quedaba del amor después de haberme saciado. Enterraba unos mechones de cabellos, algunos huesos, los más gruesos y duros como el sacro, el coxis, el iliaco, el omóplato, el fémur y el cráneo. El amor, comprendí, era ese hambre insaciable de los caníbales. Era tan natural amar como era cotidiano abrir por la mañana la refrigeradora y sacar una botella de leche antes de leer el periódico. Para conseguir a mis víctimas mi vida se fue convirtiendo en un adquirir las costumbres del felino. Podía escoger entre un tigre, un león o un leopardo. Pero aquí empieza la historia, porque ninguna de aquellas bestias pude ser cuando conocí a Virginia. La historia, llamémosla así, mi historia con Virginia, empezó en una de esas discotecas del centro de la ciudad a donde solía ir para encontrar el amor. Miserables discotecas que funcionaban en viejas casonas.

En la discoteca Cerebro conocí a Virginia. Vestía minifalda, toda de negro, cubriendo apenas su palidez. Sin mirarme a la cara aceptó bailar conmigo. Bailamos algo de The Cure, luego le invité una bebida. No nos despegamos en ningún momento porque muchos otros caníbales estaban al acecho, esperando un descuido mío para arrebatármela. Íbamos a empezar a bailar una lenta de U2 cuando Virginia, antes que yo pudiera percatarme de su deseo, colocó sus brazos sobre mis hombros y, sin quitar sus ojos clavados en los míos, me llevó contra una pared. Sentí su lengua en mi boca. En ese momento le hubiera dado el primer mordisco, pero me contuve al sentir su muslo izquierdo alzándose entre mis piernas. Era como una contracción, un vacío en el estómago, algo como un grito de niño atrapado en mis crujientes tripas lo que me frenó. Hasta ese entonces creía que el amor de los caníbales era masoquista; porque en el fondo, juntito al corazón --- pensaba ---, ellos, o mejor dicho, nosotros, queríamos ser los devorados. Y al no causar en nadie ni siquiera la tentación o una segregación extraordinaria de saliva, creía que nos poníamos en lugar de la víctima para comernos, convertidos en nuestras propias víctimas, como si hubiera habido una transubstanciación. Así me imaginaba a mí siendo devorado: tiras y tiras mis carnes bajo la luna.

A estas alturas de la historia cabe decir que a los caníbales nos gusta comer de noche y en soledad. No nos avergonzamos de ello, todo lo contrario, es nuestro orgullo poder mirar en la oscuridad lo que nadie ve por estar más preocupado en encontrar la luz, la luz por la luz, “más luz” como dijo Goethe antes de morir. Pero lo que primero fueron malas circunstancias, procedimientos equivocados por la sobrexcitación ante ese fastuoso cuerpo, irrupciones torpes de goloso ante aquel delicioso banquete; después fue algo extraño e incomprensible, una mezcla de temor y sensación de eternidad que me producían sus miradas, sus besos, sus palabras. Todas las causas y los azares objetivos y obsesivos se conjugaron en ella, y el descubrirlo, me di cuenta, podía costarme sus blandas carnes, sus riquísimos senos, sus jugosos glúteos. Virginia había demostrado ser un hueso duro de roer.

Ella siempre quería que nos viéramos en mi departamento. Yo nunca había llevado a mis víctimas para hacerlo allí, porque temía que antes pudieran abrir el refrigerador y se asustaran con lo que podían encontrar. Recuerdo claramente la noche, garuaba como sólo garúa en esta maldita ciudad. Vi por la ventana a Virginia bajar del taxi y correr hacia el edificio. Al abrirle la puerta me esperaba como sabía que me iba a gustar: una sonrisa, bajo un abrigo negro una minifalda roja y las piernas abiertas. “Así que aquí es tu cueva”, me dijo moviendo despacio la cabeza como afirmando en forma irónica el haber obtenido una victoria más. Me fijé en el cigarrillo encendido que tenía en su mano derecha, me di cuenta que por primera vez ya no llevaba el piercing en su ombligo, y todo eso me hizo recordar aquel pensamiento que dice que el caníbal es el niño que sobrevive en el hombre. La cena aún no la tenía lista. Hasta esa fecha sólo había sido besos con lengua, arañazos, y a veces con delicadas mordidas. Tal vez mi primer error fue regalarle una pulsera, un acto muy tierno de mi parte. ¿Cómo es ella?, me preguntó la vendedora detrás del mostrador. Es bella, respondí instantáneamente, como si hubiera ya adivinado en sus ojos lo que me iba a preguntar. “Es bella porque no tiene misterio”, dije en mi mente cuando cenábamos esa noche, mirándole la pulsera que le había regalado días atrás, mientras ella me hablaba de sus clases en la Universidad. La garúa había cesado hace rato y de pronto las velas pestañaron porque una fuerte explosión hizo retumbar el edificio. Las balas no se escuchaban tan lejos. Me levanté de la mesa. ¡Apártate de la ventana!, me gritó aterrorizada Virginia. Yo quería saber en dónde había sido el atentado, pero todo era oscuridad afuera, y por primera vez no vi nada en la oscuridad. Felizmente nosotros ya teníamos las velas encendidas. Y sin importarnos ya lo que pasara afuera, nos echamos en la alfombra e hicimos el amor toda la noche.

Olvidaba decir algo importante: que Virginia era vegetariana. Sí, esa primera noche en mi departamento, cuando celebrábamos una semana de habernos conocido, apenas probó el jugo del buen trozo de cerdo que había yo preparado con esmero especialmente para ella. Pero las papas, la ensalada, las frutas del postre, sí que se las devoró con apetito. Sin que ella pudiera percatarse, la carne en mi plato era de otra especie; mejor dicho, era el último bocado que me quedaba de la vendedora de la joyería donde compré la pulsera para Virginia.

Entre caníbales nos olemos, sabemos reconocernos. No lo sabría explicar completamente cómo, pero inmediatamente reconozco al caníbal. Me tropiezo con varios en la calle: él me mira con una especie de odio, asco y socarronería, y de seguro que yo lo miro igual. Difícilmente podemos hablar entre nosotros, pero si la situación lo exige no queda otra cosa que hacerlo. Con relación a la historia de Virginia, puedo contar ahora lo que me pasó una noche en un bar. Había discutido con ella en la tarde, todo a partir de mis burlas que le hacía por lo que comía. Nunca pensé que lo pudiera tomar demasiado en serio. Pero pasó, me dijo que yo era muy insensible, que de todo me reía. Yo me encontraba ya por el segundo vaso de whisky en aquel bar. Indiferente veía en el televisor los informes sobre los últimos asesinatos, hasta que el barman cambió el canal a un partido de fútbol. Era un caníbal viejo, ex policía. Lo primero lo supe apenas entré al bar y lo segundo cuando, luego de pedirle el tercer vaso, me adivinó a medias el pensamiento. Se rompió el interdicto de nuestra intolerancia y empezó a contarme su historia, una historia muy larga para contarla aquí. En resumidas cuentas, para mi mal de amor, para que sin más contemplaciones pudiera comerme a Virginia, lo que me quería decir era que no me preocupara, que con tantas desapariciones y asesinatos de todo tipo, jamás podrían ensañarse únicamente con los caníbales. Era lo último que la policía podía hacer. Hasta me dijo que no era conveniente para el país. Caníbales habían en las más altas esferas políticas como en el Congreso por ejemplo. Finalmente empezó a darme unos consejos, y hasta ahí lo aguanté; pagué la cuenta y me largué.

Me reconcilié con Virginia cuatro días antes de navidad. Quedamos en vernos otra vez en mi departamento al que adorné con cientos de pétalos de rosas rojas. Pétalos esparcidos en las mesas, los estantes y por toda la alfombra. La cena ahora era italiana, acompañada de vino tinto. Esta vez yo comí lo mismo que ella, sólo vegetales y sólo por darle gusto, al menos eso creí entonces. Yo sabía que sus besos me hacían perder la cuenta de mis errores, y aún así me gustaban. Ya no me importaba seguir fallando en mis procedimientos de felino si los fallaba con ella. Luego de cenar y bailar pegados una canción de James, tirados ya en la alfombra, abandonados del mundo, abandonado de mí mismo, abandonado en ella, empezamos a hacer el amor. Si afuera estalló otra bomba o si sonaron balas toda la noche, ya no eran de nuestra incumbencia. Tenía el equipo en alto volumen con temas de Front 242, Joy Division y Nirvana; tenía el cuerpo desnudo e infinito de Virginia entre pétalos rojos. Sin ninguna culpa por traicionar mi canibalismo o por aquel ritual sublime que estaba sucediendo en mi departamento, reconocí, en medio del éxtasis, que éramos los únicos habitantes felices en muchísimos kilómetros a la redonda.

Una tarde que fui a recogerla por primera vez a su universidad, en la entrada Virginia me estaba esperando con un short de jeans desteñido y una camiseta blanca muy ceñida, junto a sus dos mejores amigas, muy apetitosas por cierto, y un tipo muy delgado y alto, que era su mejor amigo. Había sol, y sin pensarlo mucho fuimos a la playa por el ceviche y las cervezas. Allí me daría cuenta de que ya no tenía ninguna salida. Fue en el sunset en el momento en que saqué del auto el libro que había comprado camino a la universidad de Virginia, Goethe y los griegos, un libro que el caníbal viejo del bar me había dicho donde comprar y que, por resistirme a seguir algún consejo de él, no lo había hecho hasta entonces. Yo creía que las mejores cosas venían por el azar, y las maravillosas por fuerzas superiores que venían a través de los caníbales. Yo me tenía todavía confianza hasta que Virginia, con esa suave voz que me hace temblar con el mismo cosquilleo de la primera vez que la oí, me dijo, apenas yo empezaba a leer las primeras líneas del libro, en esa arena tibia, y con el mar y las gaviotas como testigos, que estaba esperando un hijo mío. Sentí que la arena me tragaba, y mientras era devorado veía a sus mejores amigos, que se habían quedado en el restaurante, bailando salsa y bebiendo más cervezas. Yo miraba esos cuerpos voluptuosos con sus contorneos brillantes, tendido en la arena, junto a Virginia preñada de mí, primero con prematura nostalgia de mi concupiscencia, luego con una brusca sensación de bulimia y finalmente con una anorexia total. En ese momento quería que la arena terminara de comerme y no quedara ninguna huella de mí sobre ella, o que una ola me arrancara de este mundo con sus blancas espumas. Sólo eso quería.

Prácticamente desde que conocí a Virginia había dejado de ir a esas discotecas del centro de la ciudad. Mi modo de alimentación se restringió a sacar del congelador todas mis reservas. Mi último trozo de amor fue una odontóloga que conocí en un café de un nuevo centro comercial, una carne muy desabrida además. Yo pensaba que mi canibalismo estaba íntimamente ligado al amor, “canibalismo” o “amoralismo” era lo mismo. Pero Virginia, hasta ahora no comprendo cómo, sin enterarse nunca de mi canibalismo, hizo que cambiara la realidad de la cual estaba hecha mi vida. Aquí debería acabar esta historia que, como se habrán dado cuenta, no resultó como quería. La magia de Virginia hace que todo momento sea siempre el inicio de una historia que me hace incapaz de predecir su final.

Hoy, 21 de noviembre, por ejemplo, a las cuatro y media de la tarde, nació mi hijo. Ya desde hace tres meses que me he vuelto vegetariano. Virginia está feliz, con el cuerpecito de Aníbal, así se llama la criatura, a su lado. No sé si se parece más a ella o a mí. Qué importa eso ya. Aun cuando ahora sólo coma lechugas, zanahorias, alverjas, nabos y tomates, yo me sigo considerando un caníbal. Que quede bien claro esto porque no es cuestión de gustos. Virginia me dice que cargue al bebé. Con extremo cuidado, suavemente, lo llevo hacia mí y me lo como a besos.

De: “Hotel Lima” (2006)

lunes, 3 de octubre de 2016

“POESÍA DESDE ICA Y OTROS CENTROS DEL PERÚ” POR MIGUEL ILDEFONSO.




“POESÍA DESDE ICA Y OTROS CENTROS DEL PERÚ”

Por: Miguel Ildefonso

Hace poco tuve la suerte de participar, en Huacachina (Ica), en el II Festival de Poesía “Poetas en la Arena” organizada por la Biblioteca Abraham Valdelomar que dirige el poeta, escritor y promotor cultural Alberto Benavides. El autor del reciente libro Al pie del desierto es fundador de la Escuela Libre Puerto Huamaní en Samaca, Ica, y dirige, también, el sello editorial de la Biblioteca que lleva el nombre del más insigne escritor iqueño. Bajo la dirección de Patricia Meléndez, ellos editan la revista “El Ojo Interior. Semillas para la consciencia ciudadana”. De distribución gratuita y con un tiraje de diez mil ejemplares, en esta onceava edición de setiembre se publican interesantes artículos, por ejemplo, de César Panduro, David Novoa, Pedro Favaron y Jorge Chávez Peralta, quien escribe sobre Rogelio Gallardo “el poeta del ser”. Ojalá la revista sea más accesible en Lima, donde hace falta esa mística que nace de la sensible conexión con la naturaleza y de nuestra milenaria cultura peruana, que caracteriza a esta publicación.

En pleno Festival, en la orilla de la laguna, bajo las palmeras que apartaban los rayos del sol haciendo sombra en la tersa arena, tuve acceso a algunos libros de poesía.

Los lados del agua (Paracaídas, 2016) de César Panduro (Ica, 1980). “Criatura libre, el poeta nada en la sustancia de la que se compone él mismo (aunque a veces lo olvide), se reencuentra con imágenes de su pasado, se extravía en sus amores y deseos, se descubre más y más oscuro conforme se dirige al fondo”, dice el texto de contratapa. Aquí un poema:

Mar

Amo el mar porque se parece a mí.
Bajo la piel tiene barcos devastados,
botellas rotas
y anclas que no levaron.
Se enfurece si la luna tiembla
la ausencia de las estrellas.

El mar es lejano, oscuro y lo amo
porque nunca habla
ni tiene piernas, ni billetera,
porque es el mismo grito rompiéndose en la piedra.

Amo el mar de una caleta,
de un cigarrillo confundiéndose en la niebla,
el mar que oxida ventanas,
que vuela su prisa por golpear
el día en mi puerta.

Brayan Rojas Osores (Ica, 1990) tiene dos plaquetas pulcramente editadas: Buque de primavera y Recamara de flor. De esta última, extraemos este breve poema:

IX

Paso la vida como una isla a ciegas
una flauta de hueso
es suficiente
para describir el abandono de mis huesos
la arena llora
amables cangrejos de todas las edades
una mujer de la que nadie habla
dibuja sus labios en el agua
para que los bese.

Como errante que no quiere nada (Paracaídas, 2016) de William Siguas (Cañete, 1990). “Las palabras surgirán como herramientas útiles para remover los pliegues donde se ocultan, reunidos desde hace tanto, recuerdos familiares, experiencias personales, deseos y perdidas”, se dice del poemario. Aquí va una muestra.

Juglar

Cantor desde antes y en lengua popular,
extraje cantos de Roma
como cantos de amor.
La belleza para mí fue incluir lo profundo de la vida,
las cosas simples, complejas, parecidas al laberinto.
Anillé mis pliegos de la boca y los dediqué a un dios
porque nosotros nunca hemos escrito,
solo sentimos poesía.
Lo nuestro ha sido un largo sonido sin conexión,
siempre celoso de aquellos que pueden escribir.
Soy intermediario entre musas y semidioses,
entre ninfas y hombres.

Nunca podre escribir un verso,
por condena me toca cantar.

Gonzalo Valderrama (Cusco, 1978) trae su reciente publicación, el libro objeto  Canciones de radio. Aquí un fragmento: “escucho/ en este aguacero/ en esta retirada/ las viejas canciones de radio/ las tonadas pegajosas/ imagina que a veces camino/ con una radio colgada del hombro/ como se caminan las pampas/ desoladas/ donde no hay gente/ solo ichu y viento”.

Mipibaal (Editorial Bracamoros, 2016) de Carlos Ríos Moreno (San Martín), es un poemario “arraigado en la tradición bíblica y la poesía mística”. Va este poema.

Níspola Ardiente

El alce almizclero,
muy seguro de sí,
llama a su especie,
pero los hombres,
atávicos en su desprecio,
hacen de mí
un ángel,
refriegan mi cuerpo
apenas enterados
que una níspola ardiente
me consume.
¿Acaso alguien puede desear
esa figura al sol?,
se preguntan.
No adoro mi rol
pero el sueño
de Priapo
cabalga desbocado
por mis muslos.

Una hoguera bajo el agua (Lustra Editores) de Víctor Guillen (Lima, 1958). El es autor de poemarios como 9 ventanas y otros poemas y Sin camino ni espejo. Aquí un fragmento: “Bob Dylan lo dijo cantando:/ la respuesta está en el viento/ el viento que dejas atrás/ sumido en transparencia irreal/ y envuelto en redondez de orbe/ y la mano/ la mano sobreviviente/ del cuerpo/ yace sin su par/ ni instrumento/ y en cada dedo siniestro/ apaga su música y verbo/ en cuanto llegas/ y llegas a tu cita ineludible/ de las nueve y nunca/ ya no con la velocidad/ de una liebre/ sino como alma que lleva el diablo”.

El poeta y el sapo (Editorial Bracamoros, 2016) de Mario Ávila Rubio. De él ha escrito el poeta y crítico Raúl Jurado: “Ávila Rubio sabe que la poesía se lee con otros ojos, que se siente en la fragilidad de un “corazón de bambú”, que camina como el ciempiés bailando bajo el sol. Sabe que el poeta tiene necesidad de mantener un silencio prolongado que solo se rompe cuando una nueva víbora nos regala manzanas de flama y lujuria para volver a escribir un nuevo libro y publicarlo. Ávila sabe que el poeta es un gato-tigre, un atoq enamorado del silencio de la escritura.” Aquí un poema del libro que acaba de publicar luego de treinta años en que publicara La canción de los topos.

Galileo

“La mañana es hermosa”
escribió el aprendiz,
y le cayeron encima
las observaciones
de su preceptor.
“La principal tarea del poeta
_ dijo _
es evitar los lugares comunes”.
Y corrigió:
“La mañana es una dama enamorada”.

Después miró a su discípulo,
quien lo aprobó con una sonrisa.
Mas, luego
dijo entre dientes:
“Cierto,
pero sigue siendo hermosa”.

Por último, el poderoso poemario Prooémium mortis del conocido poeta, traductor, editor y promotor cultural Renato Sandoval. Con este libro se hizo del Premio Copé de Bronce de la XVII Bienal de Poesía 2015. “Entonces el punto/ la escueta cava del encanto/ el norte imbuido en su propia especie/ a tientas en el umbral de la razón no concebida/ el murmullo de las manos replegadas contra la mente/ un escozor en una palma y un orificio en la otra/ por donde se cuelan todos los talentos/ el munífico saber de los más débiles/ crepitando azules entre las llamas del despojo/ a ciencia cierta o desierta/ la voz en su ola de aliento y deseo/ como la afrenta en su día más plano/ o la desidia empozada sobre la cuesta no vista y sin palabras”; así inicia este libro que dialoga con veinticuatro filósofos que se reunieron en el siglo XI en un simposio para dar cada uno su propia definición de la divinidad.

Una de las mejores cosas de mi experiencia en el II Festival de Poesía “Poetas en la Arena” fue el taller que di en la Biblioteca. Más que un taller fue una charla con un público compuesto de niños, hombres y mujeres, de todas las edades, y donde escuché la poesía de distintas generaciones de iqueños que llegaron libremente a ese oasis de la palabra y el espíritu, del conocimiento y del éxtasis.

Lunes, 3 de octubre de 2016.
Calle NN.

jueves, 29 de septiembre de 2016

“LA ESCRITURA COMO UNA OCURRENCIA TRANSGRESORA” POR DAVID ABANTO ARAGÓN.



“LA ESCRITURA COMO UNA OCURRENCIA TRANSGRESORA”
Por: David Antonio Abanto Aragón
¡No es profesión escribir novelas y poesías!
José María Arguedas en el «Primer diario»,
El zorro de arriba y el zorro de abajo.

           Para Mario Vargas Llosa, el escritor «saquea» la realidad en sus diversas instancias. Es de la experiencia que brotan los «temas» (los «demonios» que obseden sus vivencias y/o su entorno histórico), depende del talento del escritor la conversión de esos «temas» en «formas» (recreación de lo real en lo que es fundamental «el elemento añadido»). De ahí que la biografía sea ineludible, para la confección de un relato.
Los doce cuentos de Peripecias de un contratado (a los que se suma el Bonus conformado por una composición de impulso «lúdico» como lo reconoce el autor) parecen sustentarse en ese principio. Con gran facilidad para los diálogos, capacidad para pintar hábitos y prejuicios sociales puestos sutilmente en cuestión por los protagonistas de las historias que ofrecen un singular fresco de costumbres de nuestra sociedad.
Las narraciones de Fernando Muñasqui Rivera pergeñan intriga, personajes y diálogos que se dejan leer con interés por la marcha del argumento o por las anécdotas abordadas con picardía, unas, y humor, otras. Sus narraciones se presentan con una prosa ágil y sin adornos retóricos lo cual supone una opción estilística muy cara a gran número de autores recientes.
Sin embargo, el deseo de saldar cuentas con el orden existente y la decisión de hablar sin tapujos llevan a Fernando Muñasqui a asumir la escritura como un medio para expresar sus temas con determinación. Pero tengamos presente que no se hace literatura para contar la vida, sino para transgredirla añadiéndole algo. Recordemos que la literatura tiene una finalidad esencialmente estética y re-elabora imaginariamente la realidad en una ficción vero-símil y no verídica (como ya puntualizó Aristóteles hace más de dos milenios y medio).
No hay duda de que atreverse a esto en tiempos de pérdida de fe en la esencia de las palabras es tarea de existencias atrevidas. Juzgue, el lector de los cuentos de Peripecias de un contratado, los resultados.


Independencia-Surco, septiembre de 2016

martes, 20 de septiembre de 2016

CONGRESO INTERNACIONAL “AMOR HASTA LA MUERTE: LA POESÍA PASIONAL DE CÉSAR MORO”.






“EL HACEDOR DE LLUVIA” POR MIGUEL ILDEFONSO.



“EL HACEDOR DE LLUVIA DE VEDRINO LOZANO ACHUY”

Por: Miguel Ildefonso

Vedrino Lozano Achuy (Tarapoto, 1981) ha publicado su quinto poemario El hacedor de lluvia (Summa, 2016). Luego de entregarnos su lírica en Bálsamo de cenizas o Shadowplay. Diario de Ian Curtis, y con novelas infantiles como Matías y las sonrisas perdidas, entre otras publicaciones, nos lleva ahora al mundo amazónico. En el prólogo el poeta y editor Harold Alva dice: “Tengo la sensación que Vedrino Lozano necesitó volver a su tierra (Tarapoto) para cerrar un ciclo. ‘El hacedor de lluvia’ es un libro de profunda poesía que pone los puntos sobre las íes a lo que el autor inició con ‘Bálsamo de cenizas’, hace quince años, cuando apenas frisaba los 19. (…) el viaje con el ayahuaskha, la incorporación de dialectos amazónicos, la fauna con la que sostiene a sus personajes, son los recursos con los que Lozano, a sus 35 años, ha logrado construir un libro sagrado.”

Vedrino, ciertamente, nos trae poemas que nacen de la experiencia sublime de habitar los ríos, el monte y la selva amazónica. Hay un anhelo de transmitir la sabiduría milenaria, sus tradiciones, pero también de conectarse libremente con ese mundo interior, lo cual lo logra poéticamente a través de la memoria familiar, de personajes familiares y de los habitantes no solo humanos (el hombre pájaro, el katawa, los abuelos, Guillermo, Berenice).

En apenas catorce poemas logra situarnos en este viaje de búsqueda, encuentros y entrega principalmente a la naturaleza. “Imagino que debe dolerte mucho el corazón/ ahora que los hombres han olvidado quién eres”, nos dice en uno de los primeros poemas, iniciando así el despojamiento necesario de lo perentorio, para ir luego adentrándose en lo esencial.  

“Domestícame para ser uno con el sol”, dice la voz poética y utópica de este hacedor de lluvia, de agua regenerativa, de vida y esplendor. Vedrino nos presenta un libro que nos remite a  voces como la de Josemári  Recalde, con Libro del Sol, o de las prosas de César Calvo, por nombrar a autores de la urbe que, en su tiempo, se conectaron con el mundo selvático. Aquí un poema:

A la memoria de J.G.R.

Mal he comenzado la semana. Adolorido y sollozando
como un niño al recuerdo de mi abuelo, hombre tacaño
y de tez tostada por el maíz.

Sentado en su perezosa remienda las roturas de su piel.
unas arrugadas manos zurcen con gran destreza sus
pies, sus brazos y la extensión de su lengua.

Cuán semejantes pueden llegar a ser el cuero con la piel.

He comenzado mal la semana. Ebrio y melancólico,
aferrándome al deseo de convertirme en zapatero.

Siempre quise ser zapatero, no lo niego. Quizás porque
una parte de mí aún habita en ese pueblo fantasma
donde las luciérnagas migran al hacer la noche.


lunes, 19 de septiembre de 2016

jueves, 15 de septiembre de 2016

“EL COMEDIO DEL BREÑAL” POR MIGUEL ILDEFONSO.



“EL COMEDIO DEL BREÑAL DE CARLOS LUJÁN ANDRADE”

Por: Miguel Ildefonso

Una mañana el narrador protagonista conoce en un centro asistencial de salud a un hombre de unos cincuenta y cinco años, y un metro ochenta de estatura. Se llamaba Julián Farkas. Él le entrega un sobre de cartulina que contenía sus manuscritos. Nunca más lo volvió a ver. El libro El comedio del breñal es lo que le dejó aquel extraño sujeto. “Son reflexiones, relatos y poemas no enumerados”, explica el protagonista al inicio. Por su parte, Iván Fernández Dávila dice en el prólogo: “Luján Andrade ha creado un personaje difícil: exmillonario, con formación universitaria, taxista, barbudo, poeta. De soterrado e involuntario humor. A ratos conmovedor en su inocencia y en su angustia existencial.” Ciertamente, el autor Carlos Luján Andrade nos entrega un libro que obedece al campo de las reflexiones dentro de lo ficcional; es decir, las ideas del personaje son las que construyen un mundo propio, pero no lejano. El lector entrará a ese mundo para debatir o dialogar o deslumbrarse con las revelaciones allí anotadas. Es un libro que debe al pensamiento existencialista; digamos, es una relectura de esos variados autores de la primera mitad del siglo XX, Sartre o Camus, por ejemplo.

“El desprecio al cuerpo es un sentimiento recurrente en la vida. La condición de ser seres orgánicos avergüenza hasta al más descreído. La masa débil y vulnerable nos muestra lo efímero de la existencia: el límite de la sed de comprensión  y de la imaginación, sin embargo, es el transporte de intenciones interiores donde aflora lo más profundo del espíritu.” Así empieza El comedio, donde hallamos también este excelente poema titulado Inventario, que transcribimos solo el inicio:

“Tengo 1349 versos en la cuenta corriente.
150 poemas en rima en mi bolsillo derecho.
48 décimas en mi sencillera.
450 sonetos debajo de mi colchón.
56 coplas en una lata de galletas.
97 estrofas con verso irregular en letras de cambio.
Presté 56 canciones a 2 estrofas por mes de interés.
¿Cuánto necesitaré para cancelar los recibos de luz, de agua y el
alquiler?”

Carlos Luján Andrade (Lima, 1978) estudió Derecho en la Universidad de Lima. Ha publicado el poemario bifronte Soundtrack /Miles de misiles. También publicó virtualmente los poemarios: El descenso de la realidad, El mundo inventado y Clase de anatomía. Ha dirigido y coordinado revistas como El Círculo de Tiza y Lanceros. El comedio del breñal (Calcomanía, 2016) es su primera obra narrativa.




domingo, 21 de agosto de 2016

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “EL ARRIBO DE UN ÉXTASIS VIOLENTO” DE CÉSAR PINEDA QUILCA EN LA 2DA FERIA DEL LIBRO DE LOS OLIVOS.



PRESENTACIÓN DEL LIBRO “EL ARRIBO DE UN ÉXTASIS VIOLENTO”

EN LA 2DA FERIA DEL LIBRO DE LOS OLIVOS

Presenta:

·         Raúl Jurado Párraga (poeta y catedrático)

Día y fecha:

Martes, 23 de agosto 2016

Hora:

8:00 p.m.

Lugar:

Frontis de la municipalidad de Los Olivos

Ingreso libre