sábado, 22 de septiembre de 2018

“LOS AÑOS TRISTES” POR MIGUEL ILDEFONSO.





“LOS AÑOS TRISTES”

Por: Miguel Ildefonso

Cuando decimos “te amo con locura” ¿acaso solo expresamos una intención de ruptura con cierto orden interno? Es verdad que el amor, también, rompe muchos esquemas sociales. Desde La Ilíada con Helena y Paris, hasta Romeo y Julieta, tenemos en la literatura muchos casos épicos de cataclismos amorosos. Sin embargo, algo sucedió cuando apareció Las penas del joven Werther en 1774; la salida ante la imposibilidad del amor trajo la agresión hacia uno mismo de un modo abisal; la eliminación consciente de uno mismo, la autoeliminación, entonces, se volvió una forma de mantener no solo el orden social, sino, también, el orden interno, mental.  Nadie ama con locura; decir “te amo con locura” solo es una frase que contiene cierta dosis de desafío, de mostrar retóricamente en quien lo dice la intensidad de sus sentimientos.

En la novela breve Los años tristes (novela no apta para suicidas) (Ediciones Altazor, 2018) de Charly Martínez (Lima, 1984), nos hallamos con una doble historia de amor, dos historias de amor inconclusas. Una es la desventura del escritor con su musa, Letea. La otra historia, aparentemente subordinada a la primera, es la no menos apasionada relación del protagonista con la literatura. Si bien, por un lado, el fracaso amoroso de Charly Molina Tapia incrementa su deterioro mental y sus intenciones suicidas; por otro, encuentra cada vez más una tabla de salvación en la literatura, la cual nunca lo abandonará, como lo fueron abandonando, aparte de Letea, su abuela, su media hermana y su madre.

La historia de Charly, protagonista de esta novela, por eso, además, es la de la resistencia de mantener la lucidez, es la lucha para que la lucidez no lo abandone, porque como ya se dijo: nadie “ama con locura”, y menos en estos tiempos en que el éxito es la meta de todos, y el éxito de hoy es encumbrarse en el orden existente o del sistema. Ya no hay cataclismos. De ahí que su amor por la literatura sea, finalmente, de fracaso también, porque se trata de un escritor que no halla un lugar en la sociedad, no consigue el éxito; es un escritor que se mueve en los márgenes de una ciudad (o un país) donde la literatura está excluida. El protagonista (podríamos decir el autor también) es un lector de los existencialistas, o de escritores y filósofos que penetraron el alma atormentada, como Kierkegaard, Dostoievski, Nietzsche, Kafka; se podría mencionar también a Robert Walser o Thomas Bernhard. Entonces, por eso, tal vez, y conociendo las reflexiones del protagonista, vemos que no encaja en esta sociedad del consumo, pues su modelo de escritor es de la época de la Gran Novela, que según algunos acabó a inicios del siglo XX, digamos que con James Joyce.

Charly Martínez ha publicado conjuntos de relatos bajo títulos como Las púas y otros cuentos, Yo maté a Arquímedes y otras historias y El infierno está lleno de memoria. Este, Los años tristes, es su ingreso en el relato de largo aliento. Su universo de Ate Vitarte, de una Lima donde linda lo marginal con la modernidad fracturada, crece con esta, al parecer, novela semiautobiográfica como la de Goethe con su novela epistolar mencionada. El Este de Lima tiene a su narrador en Charly, que hará que esta parte de la megalópolis no quede para la literatura (parafraseando la etimología de la musa de esta historia) en lete, es decir, en el olvido.


viernes, 27 de julio de 2018

miércoles, 2 de mayo de 2018

“LA MUJER QUE VENCIÓ AL DIABLO Y OTROS CUENTOS” POR HAROL GASTELÚ PALOMINO.



“LA MUJER QUE VENCIÓ AL DIABLO Y OTROS CUENTOS

DE CÉSAR ALVARADO LAVERIANO

Por: Harol Gastelú Palomino

Al leer “La mujer que venció al diablo y otros cuentos”, muchos, como yo, volverán a la casa familiar de la infancia en la que el padre, o el abuelo, o un tío mayor, durante la cena y después de ella, nos contaba historias de fantasmas, condenados, aparecidos, almas en pena, brujas y diablos a la luz de un mechero o del fogón que le daba a esas historias un aire de misterio, extraordinario y tétrico.

Estos cuentos de César Alvarado Laveriano tienen esa magia: sabes que ni el diablo ni las almas ni las brujas existen, pero están contadas con tal realismo que crees que son ciertas. Y quizás lo sean.   


sábado, 17 de marzo de 2018

“ESCRIBIR UN LIBRO” POR CÉSAR ALVARADO LAVERIANO.



“ESCRIBIR UN LIBRO

Por: César Alvarado Laveriano

Hay un viejo dicho de origen musulmán que dice que los humanos debemos hacer tres cosas en la vida: “escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”. Los dos últimos son relativamente fáciles, lo difícil es hacerlos crecer y desarrollar, pero se puede. En cambio, escribir un libro de literatura, desde el comienzo es batallador. Es dibujar la realidad transformándola, introducirse en un laberinto de palabras, ideas, hechos, lugares, personas. Es obsesión, gusto, quietud y, a veces, desasosiego. En estos tiempos en que el ciberespacio ha secuestrado a los escasos lectores, es imperturbable para quien escribe y aún lee. A pesar de mis noches oscuras, los apus andinos me dieron aliento para completar algunos títulos (aún faltan otros por terminar) que los escuché en el pueblito donde nací (Huachinga, Huaral) y que desde mi etapa juvenil lo tenía en manuscrito. Agradezco a César Pineda Quilca por su motivación y cuidado de esta edición, a Raúl Jurado Párraga por sus amables palabras en el prólogo, a Jeancarlo García Guadalupe por la corrección de estilo, a Morris Miur (Mauricio Garcés Espíritu) por la ilustración y a Harol Gastelú Palomino por su comentario. Todos ellos poetas, escritores, grandes profesionales.

APARICIÓN DEL LIBRO "LA MUJER QUE VENCIÓ AL DIABLO Y OTROS CUENTOS" DE CÉSAR ALVARADO LAVERIANO.



APARICIÓN DEL LIBRO "LA MUJER QUE VENCIÓ AL DIABLO Y OTROS CUENTOS" DE CÉSAR ALVARADO LAVERIANO

Eclosión Editores se complace en anunciar la grata aparición del libro "La mujer que venció al diablo y otros cuentos" de César Alvarado Laveriano. Desde aquí las felicitaciones del caso y un gran abrazo para el autor. (C.P.Q). 

                                                                                                         

sábado, 3 de febrero de 2018

domingo, 14 de enero de 2018

NUEVA CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA (EN POESÍA). A PROPÓSITO DEL LIBRO DE POEMAS “LÍRICO PURO” DE WILLY GÓMEZ MIGLIARO POR CÉSAR ÁNGELES.



NUEVA CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA (EN POESÍA)

A propósito del libro de poemas Lírico puro” de Willy Gómez Migliaro

Por: César Ángeles

imagina la tristeza de la insatisfacción
viaja como un sonido el amor
(Lírico puro: 82)

Luego de un largo recorrido en escritura poética, con ocho libros publicados y diversos reconocimientos a su trabajo con el lenguaje, Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) entrega su novena, en suerte de sinfónica sensorial y conceptual, simultáneamente. Lírico puro es un libro que representa un reto mayor para lectores exigentes de poesía. Consolida la trayectoria personal de este autor, procurando un lenguaje que no solo lo distinga sino que plasme su utopía vital, así como su conceptualización del arte y la literatura como unificados territorios de la conciencia, la desalienación e inagotable espacio para hurgar en las posibilidades creativas de cada uno de nosotros.

Conocí a Willy G. entre los 80 y 90, dentro de las movidas  artísticas y literarias del centro de Lima, y doy fe de su compromiso apasionado, desde aquel entonces, no solo con el trabajo desde la poesía, sino, como parte de lo anterior, desde su activismo para hacer que la creatividad, sobre todo de los jóvenes de entonces, circulase en diversos formatos: fanzines, revistas, libros (no es baladí acotar que las dos revistas literarias que dirigió se denominaron Polvo enamorado y Tocapus, que nos remiten al conceptualismo barroco quevediano y la herencia andina: dos notorias marcas en la poética de este autor). Y en una época difícil donde la vida discurría entre la guerra interna, la movida contracultural, sobre todo en Killka avenue, los conciertos de rock subterráneo, y la represión filofascista de los gobiernos de Alan García y la opaca dupla Fujimori-MonteSINos. Luego, nos perdimos de vista un buen tiempo por viajes y demás circunstancias. Ahora que leí y releí su más reciente opus, provocadoramente titulado Lírico puro (Hipocampo editores, 2017), escribo con placer estas líneas.

Me explico. Digo  que es un reto para lectores exigentes de poesía, por su sintaxis adrede concisa, el trabajo de resignificar la realidad misma con sus elementos más cotidianos (un minimalismo urbano y campestre recorre sus poemas) que se orienta a sustraerlos del marco usual en que habitan otorgándoles nuevos giros significativos, desde una nueva sensibilidad poética, hacia un encuentro vital de los lectores con la vida misma y sus elementos. En este sentido, elementos cotidianos y familiares recuperan una vida perdida entre la rutina. Hace poco, escuché al poeta chileno Raúl Zurita decir que el mayor acto poético estaba en cualquier gesto de cualquier persona. Es decir, la vida misma es poesía. Y de aquello trata este libro de sobrias tapas blancas (como la de otros libros de este autor, además).

Así que la pregunta central, y por eso mencioné lo de provocador, es qué entiende W. Gómez por el par semántico ‘lírico-puro’. Pienso que esta poética transcurre entre la parquedad abstracta de Adolfo Westphalen y el conceptualismo expresionista de Martín Adán, vinculada a un sentimiento cotidiano de estirpe valdelomariana, en la veta común que magistralmente impulsó luego la poesía de César Vallejo. Es decir que también un sentido materialista-dialéctico opera en esta poética. Los nombres citados nos remiten a la actual estación de Willy Gómez, donde lo lírico significa la desarticulación de un lenguaje establecido endeudado a una rutina de palabras que nombra la realidad. El autor realiza esta operación lingüística y cultural recolectando experiencias, palabras, sentidos y personajes desde la cotidianeidad más banal y afín a nuestras vidas. Solo que la composición sintáctica de los poemas de este libro otorga al conjunto una aproximación diferente hacia la realidad misma.

El referido lenguaje rutinario ha trocado por otro que exige del lector una nueva relación sensitiva con esa realidad. De ahí que ‘lírico’ suponga romper con la narratividad al uso, con la mera construcción de mensajes apelativos (aunque los poemas están planteados desde un sujeto apelativo constante, de otro tipo), vacuos, carentes de vitalismo; para reconducirnos hacia un discurso casi postverbal ya que, entre tanta variada terminología, no oculta su tendencia, por ejemplo, al silencio trílcico de Vallejo, así como al de los otros dos poetas vanguardista citados. Y esa es la ‘pureza’ a que se refiere el título del libro: a esa suerte de desalienación en la relación sujeto-objeto, al comprometer al lenguaje y sus usuarios en otra relación con la realidad, mediante una palabra tensionada hacia otra forma de decir donde los objetos se vuelven prota-agonistas, resignificando la experiencia de la realidad misma. Esta suerte de extrañamiento cotidiano nos conduce también a un ejercicio de intensificar la conciencia de los sujetos usuarios del idioma, mediante una suerte de hiperrealismo (que evoca el trabajo de Georges Perec y su poética de los objetos, desde una subjetividad y percepción diferentes a las usuales recreando el binomio palabras-cosas, lo infraordinario; es decir, una observación apasionada y asombrada de lo usual que cuestiona siempre lo incuestionable, recuperando una fresca mirada de flaneur que pintase incesantemente el mismo cuadro, tal un impresionista).

Por lo que este título es como una trampa en clave irónica, ya que podría hacernos imaginar una poética y un sujeto poético alejados de la concreción real, según la antigua concepción del artista en su lejana torre de marfil. Nada más errado. Se trata, en cambio, de ejercer la poesía como un activismo político-social donde se rearticula la relación del símbolo lingüístico (la palabra) con los referentes de realidad que expresa. Y esto es meterse con la comprensión del mundo (en línea con el pensamiento de Wittgenstein, y la proposición 5.6 de su Tractatus Logico-Philosophicus: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”). De ahí que un ejercicio de filosofía y ontología materialista-dialécticas estén la base del lenguaje de este destacado autor peruano.

Todo lo anterior nos conduce al otro aspecto ya mencionado de la poética de Willy Gómez: la perspectiva utópica que le viene desde libros anteriores (como, por ejemplo, en el magnífico Nada como los campos -2003-, según veremos al respecto de Lírico puro). Y es que si se trata de refundar la relación alienada y rutinaria de las personas con lo previsible su cotidianidad, esto se logra no solo resignificando los fragmentos de dicha realidad estallada, sino visibilizando diversas fuerzas regeneradoras dentro y fuera del propio ser humano. Este lenguaje poético apunta al mismo ser interior de las personas, a esa voz antigua, irrenunciable y muchas veces silenciada que nos conecta con la inocencia primigenia de todos nosotros, desde el nacimiento. De ahí que la infancia sea un espacio armonizador importante en la poética de Willy Gómez (al respecto, sugiero leer los hermosos poemas de las pp. 39-40, p. 106, y el nostálgico de p. 114), y de la mano con ello su imbricación con la naturaleza misma, con sus territorios, habitantes, luces, colores, temperaturas, con el cuerpo mismo de las personas en sus movimientos, recordándonos que vida es movimiento mientras que muerte es enfriarse como una piedra, como un trozo de realidad sin sentido e inane.

Detengámonos en un poema como el de la p. 92, que se inicia mencionando el uso de madera de árboles y cueros de animales para fabricar utensilios cotidianos como fajas, correas perforadas, hebillas, calzados, neumáticos. El poema concluye así: y acaso una actitud de permanencia cierta/ vuelva con sus rudimentos de belleza por venir/ una  montaña un lago también parte toda sensación/ de escalar 4800 msnm luego/ devolver los calzados con púas/ y elegir otra partida. Como decir vuelta a la otra margen, evocar la mano desasida, para citar memorables versos y títulos de los referidos Westphalen y Martín Adán, respectivamente: poetas metafísicos y también utopistas (Cf. el poema de p. 93 en Lírico puro); quienes, en la primera mitad del siglo XX, a su modo propiciaron un cortocircuito verbal y existencial con la realidad social, hacia un ideal agónico (de agon: combate) de plenitud, redención y armonía esencialmente interiores.

En el caso de W.Gómez, su utopismo se impregna no tanto de reflexiones abstractas ni metafísica sino más bien del materialismo vallejiano (en esta misma línea se hallan otros poemas como, por ejemplo, los que se leen como díptico en las pp. 46-47, donde se plantea la contradicción entre máquinas y artefactos sociales con relación a la naturaleza y la esencia humana, en suerte de resimbolización de la contradicción enfermedad-sanación, vinculada a otra contradicción como alineación-conciencia plena del presente). De ahí que, entre la recolección de elementos urbanos y rurales, aparezcan las clases sociales como parte ineludible del paisaje social y la convivencia humana (como en el poema de la p. 53, que aborda la propiedad y sus enrejamientos proliferantes en esta época de capitalismo tardío, o de temor contra las multitudes populares excluidas del festín elitista en los extramuros del mundo, digamos; o el poema de la p.62 que establece el sentido de ir debajo de las palabras, al otro lado del discurso establecido, apuntando a un simbólico ‘salto mortal’; o el de la p.64: “al doblar mangueras al escuchar adentro/su canción de resistencia/de plásticos rotos”, entre varios otros poemas de esta estirpe).

Willy Gómez, maguer lo que pueda aparentar su título Lírico puro, está muy atento a los sucesos de las personas, sobre todo del campo popular. Así también lo evidencia el poema de p. 94 que recrea el trabajo proletario sumergido en la peores condiciones posibles, en pleno siglo XXI, por un orden capitalista que se vale aún de prácticas esclavistas e informales, contradiciéndose la imagen idealista de prosperidad asociada a este sistema, donde los trabajadores son expuestos a morir por la usura del capital y sus perpetradores. La poesía de este autor hurga y revela, entonces, aquella microfísica del poder; situándose en las coordenadas planteadas por Michael Foucault, quien rastreó las formas más secretas del poder disciplinario y alienante que mete sus pezuñas para conquistar conciencias en ámbitos de realidad insospechados y, por ello, poco visibles al común de los mortales.

 Al respecto, un poema poderoso es el de la p. 75 que es una épica del fuego; lo que me evoca, además, la poética de un artista visual como Juan Javier Salazar (1955-2016), quien produjo algunas geniales obras perfomancísticas como aquella de un rayo hecho de madera sembrado de cerillas de fósforos. Pienso que, en esta línea, incluso en los materiales residuales resimbolizados por Willy, sintoniza con aquel artista, en su común minimalismo conceptual que caracteriza ambas disciplinas (escritura poética y arte visual) como productos sociales, vinculadas indesligablemente con la realidad misma, y sus sujetos productores y usuarios.

En ambos autores, además, se plantea un compromiso creativo afín con su público, hacia redirigir (y rediseccionar) la mirada, en suerte de activismo de conciencias para un mayor sentido crítico con el entorno urbano y natural. El arte y la literatura son entendidos y practicados como espacios de activismo poético y político, desde el mismo trabajo con el lenguaje (en el libro Nada como los campos, la vinculación con el territorio y la historia andina, avasallados por la conquista occidental en su fase precapitalista, es más evidente y cantada de manera  simbólica, recordando mucho la poética de Juan Javier Salazar: por ejemplo, en los poemas “Las batalla del Perú”, que evoca la imagen-cuadro “El animante”; o la voz de fardos andinos como potenciales voces regeneradoras de la decadencia de un país articulado a un orden occidental que lo excluye, apabulla, reconvierte y degrada, como en el poema “Comuna del macabro paraíso invisible”, y  también en “Valle incrustado / oda a la pintura peruana”, como en el precioso “Orilla”, lo cual evoca el concepto de lluvia interior regeneradora planteado por Juan Javier -y asimismo, en parte, por los colores intensos de Humareda o Polanco para representar una ciudad de cielo gris como Lima y su historia oficial u oficiosa-; y también en el poema “El manantial”, donde vuelve sobre el motivo plástico de Salazar de “Parece que va a llover”, parodiando el popular tema musical salsero donde el cielo llueve, y Salazar lo resignifica como lavarnos por dentro desde la tierra y la historia antigua del país).

En este sentido, Lírico puro representa una resistencia desde el trabajo con el lenguaje. Una poesía de transformación hacia una vida (y un lenguaje) resignificada y revitalizada en los intersticios más inesperados. Ese es el asombro que provocan las libres asociaciones establecidas entre sus múltiples, proliferantes, versos y poemas, que nos interpelan de sorpresa en sorpresa acerca de cómo puede la experiencia sensorial cotidiana cobrar tantas nuevas sonoridades, texturas y reformulaciones, merced a la perspectiva crítica del poeta. Y esto es lo que promueve un pacto  tácito con lectores que deben exigirse al máximo para establecer comunicación con el planteamiento del libro blanco, de esta novena sinfonía en poesía de vanguardia permanente, anticapitalista, antiutilitaria, de irrenunciable estirpe humanista y al borde del socialismo también. Algo que no debiera sorprender si consideramos la procedencia de su autor, así como su historia personal articulada a la calle y su juventud rebelde, su conciencia orgullosamente generacional desde los 80-90, sus esperanzas, su sostenido trabajo en pedagogía (escuelas y talleres de escritura), y su conciencia lúcida de las desigualdades e injusticias históricas de un país como este.

El mayor triunfo de la poesía se da, entonces, en una época cuando las sombras del poder se ciernen nuevamente ávidas y grotescas sobre estos territorios, retorciendo con sus engranajes la alegría y el sentido de vida de cada habitante. En este sentido, la de Willy Gómez es una poesía que libra múltiples y generosas batallas desde su territorio, desbrozando retos, caminos, y un lenguaje renovado con frescura y arrojo que, a la vez, compromete de muchas formas a sus lectores. Todo lo cual debe nutrirnos y alegrarnos, e incitarnos a seguir con interés el camino creativo de este autor que se halla en cabal plenitud poética y dominio de sus dones.


enero 2018, lima la P – neovirreinato del perú

martes, 9 de enero de 2018

viernes, 5 de enero de 2018

martes, 12 de diciembre de 2017

domingo, 10 de diciembre de 2017

domingo, 19 de noviembre de 2017

RECITAL CANTUTEÑO EN LA UNE.



sábado, 28 de octubre de 2017

“PINTURA ROJA DE WILLY GÓMEZ MIGLIARO” POR JOAN VIVA.



“PINTURA ROJA DE WILLY GÓMEZ MIGLIARO”

 Cuadros para una Exposición

Por: Joan Viva

Willy Gómez Migliaro a través de su libro de poemas Pintura roja (Paracaídas Editores, 2016) nos va describiendo el mundo que rodea al artista vanguardista que lleva dentro y va plasmando como un pintor y en cada pincelada sus más profundas emociones.

Allí el poeta va revelando el consciente del cuadro que pocos podemos descifrar al ver una pintura que quizás no tenga sentido para el común de la gente; para el autor es la representación de todo lo que él quería expresar.

Cada poeta y cada pintor, plasman en sus letras uno y en el lienzo el otro, su propio mundo, su propia vivencia sus propios recuerdos.

Cada línea del poema son trazos pintados en el lienzo, cada espacio, cada  color, es un mundo que va siendo construido en aquella pintura.

Las imágenes, unas claras y otras difusas son parte del lienzo poético que está pintando. Cada trazo e imagen son improntas emociones que llevan a que el artista vuelva a revivir momentos felices, tristes que en algún momento lo conmovieron o lo asediaron.

Todo artista es un creador, y cada obra es el hijo del artista, y en ello ponen todo su conocimiento; le enseñan todo lo bueno que desea, para que ese hijo sea a imagen y semejanza de su creador. Apollinaire decía que "Ante todo, los artistas son los hombres que quieren llegar a ser humanos”. Creo que debió decir que "los artistas son los Dioses que quieren llegar a ser humanos"

Esta exposición pictórica de Willy Gómez Migliaro es como escuchar a Muzorsky en Cuadros para una Exposición, donde el músico describe magistralmente una exposición pictórica, llegando a emocionarse con las notas del concierto.

Así Willy Gómez Migliaro describe cada cuadro como un poema de figuras, lugares y emociones en tres dimensiones, donde cada línea del poema da vida propia al lienzo.
El poeta nos entrega una vernissage de poemas que nos conduce a lo más profundo del ser y de la vida; plasma en cada verso y en cada frase el mundo que nos golpea fieramente con sus variopintas emociones.

Poemas de Pintura roja de Willy Gómez Migliaro 

Aquí no hay nada que defina un horizonte.
Solo un desclasamiento en sus fines.
Aunque siempre hay alguien más,
y sostiene su rostro revelándose.
Solo a través de esos cuerpos marcados con jabón de glicerina
llegas a comprender una fila de mestizos.
Pero esa legión aplastante,
manchón de un cielo nada común al nuestro,
perfora su equivocación en galletas como pedazos de habla consagratoria.
Desespera el dominio de un objeto,
su oscilación de luces a punto de golpear
bordes de abismo protector.
Así se desviste un proyecto sin estreno y movimiento
dejando, apenas, una incrustación.
El descubrimiento de los rasgos sujeta la forma
porque el esplendor de sus silencios y de sus colores
centran posibles divisiones.
Se puede hablar, incluso, de un ladrido, de un tejido,
de una forma que sangra y borra o simula muy bien.
Definitivamente el mundo es aquí
una reunión de hombres intercambiando cuerpos,
y mientras modificas la mirada del otro y sus experiencias,
construyes una variedad de cosas que empiezas a envolver y regalar.
Rápidamente concretamos nuestro espesor deseante.
Asombramos la dimensión de un pudridero
y somos otra vez la desenvoltura, la sorpresa

GEOMETRÍA DE ALUMBRADOS o decorativa
                                   más púrpura                 
                  el valle y la posibilidad de partida

es evidente el papel que juega lo real

escaleras abajo comparten un decorado de geranios            
               cortinas de gasa como fantasmas de la derrota            
               enmarcan naturales
los fuegos o la irrelevancia de una rigidez
nunca interviene al sacar luz   
   de las repeticiones de sombra de las secoyas   
   del desgaste del reflejo de cordeles y el recorte de un valle

el tiempo de los árboles podría ser mira
                                           y los únicos felices
los niños fijados en el fondo
abrazando a las madreselvas o hiriéndolas tal vez
algo se puede distinguir desde esa sombra arriba
donde parece que la violencia arremete a tajos de colores

              hay dios de alegría y consternación en el rostro de los niños
y de sus madres paradas detrás de unos sauces
como si rogaran por sus vidas

más allá casi minervas otras mujeres
recorriendo un camino entre los árboles                 
                una línea a media luz del horizonte

es el recuerdo de la playa
                       un barco enterrado
olas de corrido atrás                                

                                          una historia compartida alrededor

          la aprehensión de los elementos creativos
ensamblados por las manos del artista

    reclama a sus contemporáneos
                                             campos para el trashumante

esa es la palabra que creemos escuchar de algunos críticos
cuando saben que el dolor entra a la pintura 

cierta reconstrucción se llena de amor desde afuera
la etapa siguiente del viaje es el mismo camino:

dimensión de un modelo encuadrado
                               variable sin sentido                            

                           hay dolor aquí dentro

la muerte aparece oculta con su belleza colorante
crece un espejo y los niños abrazan a las madreselvas

arriba donde aparece el sol uno puede definir un país sobre la hierba
la piel de algunos árboles
                                y una segunda división que habitúa la fijeza

luz sombra y mediatinta
               con un cuento de hadas se disfrazan los trazos del ocre
y un manchón oculta el valor de los agujeros
y los cuerpos sostenidos
cuando el hedor es insoportable y el rojo se disuelve en la retina

los blancos orillan el argumento de la sexualidad
de algunas mujeres en la esquina
                                el morado es claro en la hierba

ciertos hombres del tributo parecen correr

están colgados a veces

hay libros en el borde de las lanzas ensangrentadas                       

                   empalan el cuerpo del amor

líneas extrañas e inertes
líneas ya sin muerte
conducen sueños en mi propia oscuridad

desde tempranos refugios de una metrópoli
o fijación de una imagen que respira

y ya no hay necesidad de dividirse entre ellas



MIRA CUÁNTOS CUERPOS rotos
siguen avanzando sobre un asfalto nocturno
así se desviste ese lugar sin estreno y movimiento
dejando apenas una incrustación
frágil al mundo de hiladillos y sujeciones obscenas recubierta de grasa
un prófugo existente del mito
expuesto al sol y al saludo
extiende sus desiertos
y entre piernas falos llamas y dentaduras
parece descubrir el habla
e inventar la melancolía de colorete espolvoreado
cayendo de otras bocas como un deseo
golpea cierta quietud de flores y serpientes
hecha de evidencias y escalofríos en un brochazo
el tumulto se esparce para ser otra figura
los techos son bajos
y todos entran bien a oscuras
otro es el movimiento cuando nos vamos
para estar juntos sobre un asfalto nocturno