sábado, 22 de enero de 2011

EL OJO EDITORIAL. “UN NOBEL SOÑADO” EN CON-FABULACIÓN Nº 167.

Ernesto Sabato.

“UN NOBEL SOÑADO”

El 24 de junio del presente año, después de una vida consagrada al glorioso tormento de la lucidez, Ernesto Sabato, el más visceral y obsesivo de los autores del ya legendario Boom Latinoamericano, cumplirá cien años de vida, dudoso privilegio donado a muy pocos, entre ellos, que lo recordemos ahora, el infatigable Claude Lévi-Strauss y el genial Ernest Jünger. Parece una ironía, pues si alguien ha puesto en tela de juicio, con argumentos de una legitimidad lírica incontrovertible, las reglas de juego, la retórica y los mecanismos con frecuencia execrables de la condición humana, desde unas parábolas aterradoras y hermosas, es este argentino de aspecto lánguido y meditabundo, nacido en 1911 en Ciudad de Rojas, y quién no desfalleció nunca en la exploración de nuestros más pavorosos abismos, conservando una fidelidad asombrosa a su familia de espectros y demonios, hasta el punto de que los más afiebrados e imaginativos de sus lectores conjeturan ahora que su terca longevidad, así como su existencia actual –lóbrega, solitaria, pobre y desapacible- no son más que un ajuste de cuentas de la fantasía, o el cumplimiento cabal de una de las ominosas e inexpugnables purgas existenciales a las que sus tramas nos arrojan.

Como Juan Rulfo o Juan Carlos Onetti, Sabato ha sido un autor en la línea de sombra, un cliente de cierta distancia e introspección lustrales incapaz de asumir el ejercicio de la escritura como una profesión y un magisterio glamoroso, mediático y lucrativo; a pesar de haber actuado en diversos escenarios de la realidad y de haber tomado la palabra en las más trágicas circunstancias de su nación, especialmente durante los años de de las feroces dictaduras militares del Cono Sur, nunca fungió como astro teatral y parece pertenecer, más bien, al grupo de artistas adversos a la trivialización mundana con la que la modernidad castiga y compra a sus artistas. Jamás le vimos destellar superficialidad en los salones rutilantes, al estilo de autores como Carlos Fuentes o Vargas Llosa en el mundo de habla hispana, o como Norman Mailer y Truman Capote en el universo anglo- parlante, ni, menos todavía, asumir aspiraciones de índole extra-literaria, como las que, cual llamado impetuoso, extienden la política, el poder, el cine, las modas, la economía o la publicidad. En eso, Sabato resulta ser fascinante, como también en el hecho de no haberse “sobreactuado” publicando ejercicios de estilo ni bagatelas insustanciales “genialmente escritas”, vicio que, para nuestro hartazgo, estila la mayoría de los maestros y animales sagrados de las letras, terminando siempre por fatigarnos con sus artilugios y su pirotecnia, tan puntuales como para volverse innecesaria. La obra de ficción de Sabato –a la que acompaña cual diestro y vital centinela su portentoso discurso ensayístico- está constituida únicamente por tres libros –El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddon el exterminador-, pero en realidad, y como lo dijera él mismo en reiteradas ocasiones, estas no son sino las tres partes de un mismo monotemático, avasallador y ardoroso libro. El antejardín, la casa y el jardín de un proyecto total.

Por todo lo anterior, y sabedores de que un ejército de discípulos, devotos y admiradores de Sabato sigue existiendo en los más variados puntos del orbe, así los perseguidores frívolos de novedades y vanguardias ya ni si siquiera lo citen, nos parece legítimo soñar en este instante con que los adustos e indescifrables jurados del premio Nobel de Literatura, esos misteriosos cónsules sin rostro y a veces sin brújula, le conceden en 2011 el codiciado laurel a este practicante de la más escrupulosa ética literaria y humanística, a este testigo afiebrado de nuestras tempestades, y alguien que –como ocurre siempre que empieza una sobredosis de vida- está siendo olvidado sin que aún lo haya cubierto la penumbra, y que representa a los marginados, los rotos, los habitados por inclementes tempestades, los amantes sin retorno, los heridos en su sexo, en su historia, en su patria y en su identidad.

El Nobel para Sabato en 2011? Sería la oportunidad de que la realidad coincida alguna vez con el deseo, y de premiar en vida a alguien cuya obra, luego de la ausencia del autor, está destinada a resurgir con una fuerza ciclópea, y a ser estudiada, reinventada y angustiosamente adoptada por las generaciones venideras, las mismas que volverán a encontrar las claves de su desarraigo en personajes como María Iribarne, Alejandra y Martín o Juan Pablo Castel.

¿Un Nobel para la Argentina? Quizá una manera de hacer justicia a una nación tantas veces merecedora de las más altas distinciones literarias, argumento que se ve respaldado con los nombres de Julio Cortázar, Manuel Mujica Lainez, Roberto Juarroz, Enrique Anderson Imbert, Adolfo Bioy Casares y, por supuesto, Jorge Luis Borges. ¿Un Nobel para Argentina? ¿Será sencillamente un sueño? ¿O es acaso la posibilidad de cumplir una cita feliz antes de que sea demasiado tarde?

Muchos serán los que consideren la posibilidad de un Nobel para Sabato como un desvarío, un imposible al que se opone la realidad. Pero para la imaginación no hay ningún imposible. ¿O si no para qué existe la novela, para que cobran vida los cuentos y poemas, para qué nos entregamos a esta única fe no desgastada por los trabajos del tiempo.

Postdata: Empecemos a jurado con que el jurado de Estocolmo llegará a tiempo para enriquecer la presea, además de Sabato, con nombres como el poeta español Antonio Gamoneda, el novelista Juan Goytisolo, el polígrafo italiano Umberto Eco y el sirio Adonis.

Fuente:
http://con-fabulacion.blogspot.com/

Link:
http://con-fabulacion.blogspot.com/2007/08/el-ojo-editorial_03.html

“POEMAS DE AUGUSTO ESPARZA GUERRERO”.


“POEMAS DE AUGUSTO ESPARZA GUERRERO”

Vagón azul editores comunica que, dentro de unos pocos días, pondrá en circulación el poemario "Dactilar y plural", ópera prima del poeta Augusto Esparza Guerrero. Como un adelanto del libro, publicamos cinco poemas del autor. (C.P.Q).

EL TÚNEL OSCURO

Caminabas por el campo eriazo donde laboraba tu padre el ferroviario, el túnel estaba listo para extender los rieles como dos muslos amables, echados con un solo derrotero al progreso humano. Allá, el progreso de las caricias acá que doblegaron la cúspide de tus rodillas, tu mirada ya no fue la misma ahora se tornó larga, casi infinita, es que el ojo mágico del túnel te llevó a lugares soñados, el túnel oscuro reveló su luz más clara, con un guiño natural y rocoso creado por el. Nombre nos despedimos.


EL ESTADIO VACÍO

El hombre acallando
Sus propios gritos
Sólo el canto de los pájaros
Perfumando los oídos
De sus congéneres menos animales
Este era el mundo de los comienzos
Antes de que la vida humana
Sea sembrada en la tierra
Cuando la tierra corría libre de fronteras
Libre de contaminaciones
Libre de ti, libre de mí.
El estadio vacío
Ausente el grito de gol
La tierra vacía
Ausente el grito de vida

A ALGUIEN QUE NO LLEGA

Ola de aire
Espuma
convertida en nube
Trueno hecho voz
Horizonte lecho del atardecer
Hombres peces sin aletas
Puertos corifeos del mar
Gaviotas pañuelos de los cielos
Y tu mujer: gota convertida en rocío
Rama convertida en árbol
Semilla convertida en flor
Mirada convertida en destino
Y la lluvia pecas
Que brotan de tu pecho enardecido.

CÓDIGOS SECRETOS

Así como la necesidad inventa el amor
Así te inventé.
Con los trazos exactos de mis meridianos
Delineo tus curvas de luna tierna.
Escribo en tu piel las fórmulas resueltas
Para que se descifren los códigos secretos.

CUANDO VOLTEAS LA MIRADA

Cuando volteas la mirada
La matemática de las sensaciones
Deja de ser exacta
Cuando volteas la mirada
El amor que no es ciencia
Es preciso, certero e iluminado.
Cuando volteas la mirada
Perece el tiempo
Mientras crece un árbol
De fuego en mi pecho.

DATOS:

Augusto Esparza Guerrero (Bellavista, 1953). Realizó sus estudios primarios y secundarios en la ciudad de Piura. Estudió la carrera de Relaciones Industriales en la Universidad San Martín de Porres USMP. Poemas suyos aparecen en la muestra de poesía Morada Poética (Vagón Azul editores, 2007). Participó en el taller de poesía de Miguel Ildefonso, en el Centro Cultural Antares. Actualmente prepara la publicación de Dactilar y Plural, su primer libro de poemas, con el sello Vagón Azul Editores.

viernes, 21 de enero de 2011

IN MEMORIAM DE LUIS JAIME CISNEROS. “FUE MI MAESTRO” POR MARIO VARGAS LLOSA. (DIARIO “LA REPÚBLICA‏”).

Luis Jaime Cisneros.

“FUE MI MAESTRO”

Por: Mario Vargas Llosa
Escritor y Nobel de Literatura 2010

Fue mi maestro. Yo lo conocí como mi maestro, primero, en el año 1954. Fue mi profesor en San Marcos, en un curso de literatura española del Siglo de Oro. Y creo que entre todas las cosas que fue Luis Jaime, crítico, periodista, filólogo, lo más importante fue para él la de maestro. Creo que fue, sobre todo, un gran maestro por cuyas aulas pasaron miles de estudiantes de muchas generaciones y creo que todos lo recordamos con admiración y cariño. Era un magnífico profesor, riguroso y al mismo tiempo de un entusiasmo contagioso que nos descubrió a muchos, a mí, entre ellos, la maravilla de libros clásicos de los clásicos de la lengua. Por otra parte no era un presente un maestro encerrado a la universidad. Él abría su biblioteca particular a los alumnos, prestaba libros y hacía a veces en su casa tertulias para mí están muy vivas en la memoria. Era un guía generoso que ayudaba a los estudiantes.

También recuerdo haber trabajado con Luis Jaime, cuando yo era estudiante todavía, a finales de la dictadura de Odría. Él estaba vinculado al partido demócrata cristiano que se estaba formando en ese tiempo y fue director de un pequeño periódico que se llamaba Democracia, un pequeño semanario contra la dictadura en el que yo colaboré, de tal manera que tuve una relación bastante cercana con él. Después hemos sido muy amigos toda la vida.

Yo creo que entre todas las virtudes de Luis Jaime, además de las virtudes intelectuales, está la de haber sido una persona sumamente generosa, sin enemigos, que ayudó siempre en lo que pudo a los demás y que por eso es tan querido y admirado en todos los círculos, en todos los medios. Estoy seguro de que es una persona que será siempre recordada con gratitud y con cariño.

Era una persona muy digna, muy decente, siempre eso que antiguamente se llamaba un caballero, que tenía una conducta cívica, ética ejemplares, y creo que eso lo reconocen tirios y troyanos, una de esas personas que no tienen enemigos y que siempre fue muy respetado y muy querido porque aparte de sus méritos intelectuales, era un hombre bueno.

21/01/2011

Fuente:
Diario “La República”

jueves, 20 de enero de 2011

UNA LAMENTABLE NOTICIA: “FALLECIÓ LUIS JAIME CISNEROS”.

Luis Jaime Cisneros.
(Archivo El Comercio).

“FALLECIÓ LUIS JAIME CISNEROS”

La lamentable noticia de quien en vida fuera un destacado lingüista y docente fue confirmada por el área de prensa de la Universidad Católica.

El destacado lingüista y docente universitario Luis Jaime Cisneros falleció esta mañana a los 89 años en la Clínica Ricardo Palma, por causas aún no especificadas. Sus restos serán velados a las 7:00 p.m. en la iglesia Virgen de Fátima en Miraflores.

El filólogo y doctor en letras, que nació en Lima en 1921, estudió medicina, filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y se graduó como doctor en letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1955.

Fue profesor desde 1948 en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la que fue Decano de la Facultad de Letras entre 1969 y 1971.

Fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua desde 1965, así como también perteneció a la Real Academia Española, la Academia Norteamericana de la Lengua Española y la Academia de Letras de Uruguay.

Obtuvo en tres ocasiones el Premio Nacional de Cultura: el de Crítica en 1948, el de pedagogía en 1956 y nuevamente este último en 1963. En 1992 le fueron otorgadas las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta.

Tomado de:
http://elcomercio.pe/


Link:
http://elcomercio.pe/lima/701379/noticia-fallecio-luis-jaime-cisneros

“EL VERDUGO DE LOS CONFORMISTAS” POR HÉCTOR ÑAUPARI.


“EL VERDUGO DE LOS CONFORMISTAS” (*)

Por: Héctor Ñaupari

La poesía de Oscar Ramirez viene de antiguo, pese a la juventud física de su creador. Es semejante a los cuentos de héroes y aventureros con que soñamos los viejos cuando niños, que nos marcan al encendido fuego de su vida de frenesí y arrojo, como de éxitos y de derrotas, y que nos acompañan siempre, durante toda nuestra travesía personal.

Antigua y moderna al mismo tiempo, entonces, la poesía de Ramirez en Cuarto Vecino es, primero, una ordenada arquitectura dedicada al menos racional de los sentidos: el del corazón. Furioso incendio que lo envuelve, vorágine de la selva en su espesura, lluvia que crepita y todo lo renueva al tiempo que lo ahoga, Ramírez intenta dar un apasionado concierto a este cúmulo de sensaciones y escapes a la realidad que es el sentimiento motor.

“Apareces y los nombres se transforman en pedidos y sutiles / convicciones de fidelidad con lo cual podemos increpar a / las sombras la dudosa procedencia del amor”, nos dice Ramírez, cual un dedicado húsar, peleando caballerosamente una batalla perdida de antemano; conmovedora inquietud, la suya, la del dar excelsitud al amor enfebrecido, cuando la mayor parte de los suyos, sin distinción de género o edad, lo tienen como un lastre que aliena y asfixia, una coartada más para desenredar ese sarcasmo que es, en realidad, miedo, silencio, hipocresía, expresión meridiana de la mediocridad en muchísimos jóvenes.

Además, con Cuarto Vecino este joven poeta reconfirma la actitud vargasllosiana de la literatura: la de ser esa persona incómoda para todos los espíritus menudos, el eterno aguafiestas, siempre a contracorriente, el avecindado que con su sola presencia suscita “los temblores de infantiles gaviotas”, como él mismo escribe, volviéndose el verdugo de los conformistas, de los que en nada creen, que nada les satisface, que nunca se han visto en la necesidad de esforzarse, que no conocen la desesperación.

En esa dirección, con una ironía e insolencia que celebro, el poeta Oscar Ramirez se define como un “negro literario”. Yo lo celebro porque también he sido, y, hasta cierto punto, prosigo siendo, un negro literario. Todo negro literario –negré litteraire del francés, de donde proviene el término– lo es por razones puramente pecuniarias y alimenticias. Se me dirá que es terrible alquilar el talento, pero la verdad es que se hace porque, vistos como estamos, no recibimos nada por alquilar el cuerpo.

Bromas aparte, por esas ironías perversas de las que está llena la literatura, Alexandre Dumas, un descendiente de haitianos, divino, festivo y rotundo inspirador de Los tres mosqueteros (título que revela la honesta deshonestidad de Dumas, como señala Umberto Eco, pues esta novela es la historia del cuarto mosquetero y no de los otros tres) fue también el mayor negrero literario, siendo el más conocido de sus esclavos de letras Auguste Maquet, y, entre ellos, como cuenta la leyenda y la historia, el romántico, atormentado y suicida poeta Gérard de Nerval; pues, en el febril y burgués siglo XIX, la obra maestra del autor de El conde de Montecristo se publicaba semanalmente en el principal diario parisino de entonces y, no teniendo Dumas tiempo para escribir las cuartillas necesarias, alquilaba las plumas y talentos de otros escritores.

De hecho ha habido negros literarios que luego realizaron una exitosa carrera literaria, como el inglés Paul Auster, el peruano Santiago Roncagliolo, o el español Manuel Manzano, y también hemos sido protagonistas de novelas, como Mañana en la batalla piensa en mí de Javier Marías o Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán.

Para terminar con el tema, me quedo con el comentario de Adolfo Bioy Casares al respecto: “Escribir por encargo es una forma, no la única, de escribir profesionalmente. Por si alguien piensa que escribir por encargo es, de un modo inevitable, algo indigno, recordaré que el Doctor Johnson, uno de los críticos de los escritores más extraordinarios, dijo en una oportunidad ‘Sólo un badulaque escribe por placer’. [….] Los escritores que escribieron para ganarse la vida, y que escribieron bien, son innumerables. Yo veo en ello una prueba de que la inteligencia escapa a las circunstancias y, en definitiva, se impone”.

Volvamos a Cuarto Vecino. En su poema Sobre la poesía, Ramirez nos dice que “la poesía es un abrirle espacios a la incertidumbre”. Con ello designa las tareas del poeta en su arte: si la poesía es “lo pleno todo, la carente nada” como aporta Isidro Durat, es, por ende, una forma perpetua de conocimiento, siempre inacabada, donde la única certeza es lo mucho que nos falta por conocer. En ese contexto, la poesía es inagotable: significa “desde entrar en el ser”, siguiendo a Octavio Paz, hasta “el viejo sabor, la mínima victoria conocida, al lado del papel”, de Alfonso López Gradoli.

Esa poesía torna en mujer amada, tal como Ramirez expresa en su texto Obsesiva imagen del amor, haciéndola surgir: “apareces entre flores y rezagos de muerte”. O es un viaje, como en el poema Distancias, donde nos da una idea de su travesía: “¡Cuán amado es deambular sobre el eco de tus huellas marinas!”

La mayor parte de las veces el poema no se descubre ante nosotros. Hemos de buscarlo, de escudriñar en lo arcano; entonces, el poema se muestra, como dice Ramírez en su poema Frente al escritorio: “cuando despierta de tus pétalos una luz”.

Uno de los poemas más logrados del libro, a mi entender, se llama Los productos del aire. Presto a dar sentido de totalidad a la mujer que ama y en la que sueña, el poeta le susurra: “Tus nombres habitan el aire. De tus labios parten mareas en naufragios donde lumbre y misterio habitan el hemisferio de los titanes. Alada expresión, aura de luciérnagas en danzares de novias”.

En este texto, la musa es movimiento: “Vienes en colisiones de relámpagos, mística de orilla humana y musical. Supone la enumeración de las cosas bellas y trágicas, o envueltas en un tema sombrío, como la venganza: “La venganza en tus manos resuena a calma, a rencor lúdico, complejo de matiz donde confundimos el fuego con templanza, con martirios vaporosos en el eclipse de los jinetes”.

Las ninfas, antaño tan criticadas por esos hunos literarios, defensores de la poesía concreta y minimalista, permanecen sin embargo en este joven poeta, siguen allí como las amantes perennes, acompañándonos y amándonos desde nuestra primera juventud a la provecta edad que ya tenemos, tal como lo hizo Juliette Drouet con Víctor Hugo durante medio siglo; así dice Ramirez: “iracundo solfeo de ninfa dorada / maquinaria donde el círculo culmina”.

La sección filosófica del poemario, Sobre lo perpetuo de las circunstancias, nos remite a las estancias orteguianas: nuestro poeta desarrolla lo inmanente de aquello que compone, sustancialmente, nuestra individualidad. Yo soy yo y mis circunstancias, dice la máxima más conocida del autor de La rebelión de las masas. Y éstas son perpetuas, apunta Ramirez. Y nos vencen casi siempre. De allí su verso, que afirma el fracaso, en el poema El concepto del tablón, “sólo vas dibujando una línea / en el muerto cuerpo de la niña / con la firme intención / de la derrota”; o, por otro lado, lo inquiere, en Límites: “¿si decido olvidar / la consigna del farol / el mundo entero me odiaría?”.

A mi juicio, la mejor sección del libro es la que se titula igual que el libro, Cuarto Vecino. Como alma vieja que es, Ramirez la dedica a la multitud de sus “personajes secundarios”, como él los llama: el Hidalgo Alonso Quijano, a quien le reclama “despierta de ese sueño que muchos llaman cordura”. El dubitativo príncipe de Dinamarca, cuya atormentada existencia es una interrogante sin límites, y que en el poema Frente al descanso de Ofelia no cesa de preguntarse “¿Y si fuera yo sueño o recuerdo?”. La viajera Alejandra Pizarnik, que al huir arremete “contra la noche escondida en tu copa dormida”, entre otros.

Hay algunos otros que dejo al poeta la libertad de descubrirnos, como la dueña del polvo, la virgen, la dama del teatro, la actriz, el maestro del ocio, el conformista, el moribundo y el vagabundo. Reservo para mí la identidad de la dueña del polvo, que se me antoja la despojada campesina que ama desaforada y ardientemente al joven fraile Adso de Melk, cuyo nombre, ni él ni nosotros, jamás sabremos.

Para ir concluyendo, un poema de Ramirez, Una efigie para Prometeo, me remite a un tema de gran actualidad literaria: el centenario del wakcha, el apu mayor de nuestras letras, José María Arguedas. Hoy que todos lo celebran, es pertinente recordar que quienes más lo ensalzan pertenecen a ese socialismo decadente que lo martirizó y deprimió, llevándolo al suicidio. La sangre del autor de Los ríos profundos empapa al Instituto de Estudios Peruanos, y está en las manos del antropólogo José Matos Mar, del sociólogo francés Henri Favre y del economista Jorge Bravo Bresani, quienes lo ofendieron en la famosa Mesa Redonda de 1965, y de los cuales dijo Arguedas: “…casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, también hoy, de que mi libro Todas las sangres es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo”.

Prometeo fue escarnecido por los hombres, a quienes llevó el fuego, y condenado por los dioses, de quienes lo hurtó. Ocurrió lo mismo con Arguedas. Hoy, esa misma izquierda que se mofó de su obra tildándola de conservadora, pasatista y folklórica, que ahora nos prohíbe el alcohol, pretende hacerlo suyo y colmarlo de homenajes para distraernos a todos de su responsabilidad en la muerte del amauta: no lo permitamos.

Me quedo, para acabar, con el último poema de Cuarto Vecino, Acerca de los poetas, donde Oscar Ramirez nos guiña, con irreverente complicidad: “Lo perfecto es aquello que no se escribe / y queda en nuestro pensamiento / como una imagen completa y absoluta”. Rotunda verdad para todos los que ejercemos este oficio, la literatura, impensable para corazones candorosos o estómagos frágiles: la mejor novela, el más esclarecedor ensayo, o, de todos, el poema que nos conmueve hasta la médula, es el que nunca escribiremos.

(*) Palabras de presentación del poemario Cuarto Vecino de Oscar Ramírez en la Casa de la Literatura [19 de enero de 2011]

“MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS (III)” POR CÉSAR LÉVANO (DIARIO “LA PRIMERA”).


“MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS”
(III)

Por: César Lévano

2. Hay en el ¿Último diario? al final de la novela, un párrafo que ha sido aprovechado por los violentistas, que en el pasado no sólo sufrieron la crueldad de la guerra sucia, sino que también cometieron matanzas de campesinos y asesinatos a sangre fría de dirigentes populares cuyo crimen consistía en ser “revisionistas”.

El párrafo dice:

“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el del dios liberador, Aquel que se reintegra. Vallejo era el principio y el fin”.

El dios libertador, el que se reintegra, es Inkarri.

El 27 de noviembre de 1969, un día antes de los dos balazos con que acabó su vida, Arguedas había, en carta al Rector de la Universidad Agraria, configurado el papel de Inkarri, el dios desintegrado que integrándose nos integraría. Se lee allí:

“Fui testigo de cómo delegados estudiantiles fanatizados y algo brutales fueron siendo ganados por el sentido común y el espíritu universitario cuando los profesores, en lugar de reaccionar sólo con la indignación, lo hacían con la mayor serenidad, energía e inteligencia… El Perú es un cuerpo cargado de poderosa savia ardiente de vida, impaciente por realizarse; la Universidad debe orientarla con lucidez, ‘sin rabia’, como habría dicho Inkarri”.

Eran las palabras del adiós encerradas en el ciclo “de la luz y de la fuerza liberadora”.

Pero en el texto de Perú vivo, que es de 1966, reiteramos, Arguedas había percibido que el desarrollo capitalista deformado acarreaba, con todo, un esfuerzo integrador. Describe así ese proceso.

“Yo he visto transformarse el país. Cuando visité Lima por primera vez, en 1919, las mulas que arrastraban carretas de carga se caían, a veces, en las calles, fatigadas y heridas por los carreteros que les hincaban con púas sobre las llagas que les habían abierto en las ancas; un “serrano” era inmediatamente reconocido y mirado con curiosidad o desdén; eran observados como gente bastante extraña y desconocida, no como conciudadanos o compatriotas. En la mayoría de los pequeños pueblos andinos no se conocía siquiera el significado de la palabra Perú. Los analfabetos se quitaban el sombrero cuando era izada la bandera, como ante un símbolo que debía respetarse por causas misteriosas, pues un faltamiento hacia él podría traer consecuencias devastadoras. ¿Era un país aquél que conocí en la infancia y aún en la adolescencia? Sí, lo era. Y tan cautivante como el actual. No era una nación”.

20/01/2011

Fuente:
Diario “La Primera”

CURSO: “PARA LEER A VARGAS LLOSA” A CARGO DE CARLOS ARTURO CABALLERO MEDINA.


UNIVERSIDAD ANTONIO RUIZ DE MONTOYA

EXTENSIÓN UNIVERSITARIA


CURSO: “PARA LEER A VARGAS LLOSA”

Profesor: Carlos Arturo Caballero Medina

Fecha: Del 26 de enero al 2 de marzo

Hora: Miércoles de 6:30 a 9:00 p.m.

Inversión:

S/. 180 (público en general) - S/. 100 (estudiantes)

Ver formas de pago, aquí:
http://www.uarm.edu.pe/vargasllosa_ene11?K=3923

Para inscribirse en el curso entre a:
http://www.uarm.edu.pe/vargasllosa_ene11?K=4694

Perfil: Carlos Caballero Medina

Licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Ha dirigido la revista de literatura Náufrago (2004) y dirige la revista de investigación Letras del Sur. También, ha publicado ensayos de investigación en revistas académicas locales y en el extranjero vinculados a la obra de Mario Vargas Llosa. Además administra los blogs Letras del Sur y Náufrago digital en los cuales aborda temas sobre cultura y política. Actualmente, ejerce la docencia universitaria en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, Universidad Privada del Norte y Universidad San Ignacio de Loyola.

Teléfono: (511) 719-5990 - (511) 4245322

I. SUMILLA

El curso brindará un panorama literario de las novelas más representativas de Mario Vargas Llosa con el objetivo de explicar el merecimiento que la Academia Sueca otorgó a su trayectoria literaria: "por su cartografía de estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, sublevación y derrota". Es decir, se intentará descifrar la nominación que la Academia concedió a la obra vargallosiana mediante la discusión de conceptos como "cartografía", "poder", "individualismo", "sublevación", etc.

II. CONTENIDOS DEL CURSO

Primera sesión. 26 de enero

- Breve presentación del curso
- Introducción a la teoría de la novela de Vargas Llosa
- “La teoría de la novela de Mario Vargas Llosa y su aplicación en la crítica literaria”. Birger Angvik.

Segunda sesión. 2 de febrero

- La casa verde
- Revisión de artículos críticos
- “Historia secreta de una novela”. Mario Vargas Llosa
- “La casa verde: ¿truco literario?”. Nestor Tenorio Requejo
- “El árbol narrativo. Para una relectura de La casa verde”. Fernando Moreno

Tercera sesión. 9 de febrero

- Conversación en La Catedral

- Revisión de artículos críticos
- “La mirada de Zavalita hoy: en qué momento se jodió el Perú”. Yolanda Westphalen

Cuarta sesión. 16 de febrero

- La fiesta del Chivo
- Revisión de artículos críticos
- “Los males del poder y los poderes del mal”. Peter Elmore
- “Violencia político sexual del Estado, trauma y la historia de una víctima en La fiesta del Chivo”. Lady Rojas Temple

Quinta sesión. 23 de febrero

- Travesuras de la niña mala
- Revisión de artículos críticos
- “Reflexiones sobre una niña mala”. José Miguel Oviedo
- “La niña mala como alegoría de la creación literaria”. Giovanna Pollarolo

Sexta sesión. 2 de marzo

- El sueño del celta
- Revisión de artículos críticos

III. METODOLOGÍA

Durante la primera parte de las sesiones, se explicarán los conceptos que resultan fundamentales para aproximarse al análisis e interpretación de las novelas seleccionadas. En la segunda parte, se comentará la lectura crítica que anticipadamente se habrá asignado a alguno de los alumnos para que realice una breve presentación de la misma.

IV. BIBLIOGRAFÍA

Novelas de Mario Vargas Llosa

1966 [2002] La casa verde. Lima: Peisa / El Comercio
1969 [2002] Conversación en La Catedral. Lima: Peisa / El Comercio.
2000 La fiesta del Chivo. Lima: Santillana.
2006 Travesuras de la niña mala. Lima: Alfaguara
2010 El sueño del celta. Lima. Alfaguara

Sobre Mario Vargas Llosa

ANGVIK, Birger (1989). “La teoría de la novela de Mario Vargas Llosa y su aplicación en la crítica literarias: desde la indeterminación metafórica del lenguaje teórico a la sobredeterminación categórica del lenguaje crítico”. Hueso húmero. Número 23, pp.26-53.

FORGUES, Roland (ed.) (2001). Mario Vargas Llosa. Escritor, ensayista, ciudadano y político. Lima: Minerva.

KRISTAL, Efraín (1998) Temptation of the word: the novels of Mario Vargas Llosa / Efraín Kristal. Nashville: Vanderbilt University Press.

OVIEDO, José Miguel (1982). Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad. Barcelona: Seix Barral.
_____________________(2007). Dossier Vargas Llosa. Lima: Santillana.

TENORIO REQUEJO, Néstor (comp.) (2001). Mario Vargas Llosa: el fuego de la literatura: textos básicos de aproximación a la narrativa vargasllosina. Lima: Arteidea.

STANDISH, Peter (1984). “Acotación a la teoría novelística de Mario Vargas Llosa”. Revista de crítica literaria latinoamericana. Año 10, número 20, pp. 305-310

WILLIAMS, Raymond L. (2001) Otra historia de un deicidio. México: Alfaguara.
_____________________ (2003) “Literatura y política: las coordenadas de la escritura de Mario Vargas Llosa”. En Mario Vargas Llosa. Literatura y política. Madrid: Fondo de Cultura Económica, pp. 15-37.

Mayor información:
http://www.uarm.edu.pe/vargasllosa_ene11

miércoles, 19 de enero de 2011

“ARGUEDAS Y LA MESA REDONDA DEL IEP” POR ANTONIO ZAPATA (DIARIO “LA REPÚBLICA”).


“ARGUEDAS Y LA MESA REDONDA DEL IEP”

Por: Antonio Zapata

Poco después de publicar su famosa novela Todas las sangres, José María Arguedas participó de una mesa redonda en el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), para discutir con un destacado grupo de críticos y científicos sociales. Con la excepción del lingüista Alberto Escobar, los demás participantes criticaron frontalmente la obra. El argumento más empleado fue que no reflejaba el presente ni el futuro del país, sino que constituía un trozo de su pasado.

Por ejemplo, el destacado antropólogo Henri Favre sostuvo que la novela estaba construida sobre temas de etnia y casta, cuando en la realidad peruana de esos días primaban los problemas de clase. Donde Arguedas veía indígenas, él observaba campesinos. Uno a uno los intelectuales lo fueron arrinconando y Arguedas se defendió como pudo.

Ante la silenciosa presidencia de Luis E. Valcárcel, Arguedas sostuvo que el Perú era muy diverso, que había regiones más desarrolladas que otras, pero que el gamonalismo a la antigua no había desaparecido ni de Cusco ni de Apurímac y que ahí estaba situada su novela. Pero se fue callando, hasta que Aníbal Quijano resumió las críticas y con su habitual consistencia demolió la visión de la sociedad peruana planteada por la novela. Antes de silenciarse, Arguedas en un momento exclamó: “¡Entonces he vivido en vano!”, expresando que si no entendía al Perú y su obra no era una contribución, sino lo contrario, se sentía sobrante en este mundo.

En realidad, esos eran sus sentimientos cuando esa misma noche anotó en su diario que estaba deshecho. Un grupo de científicos sociales le había explicado que no servía para nada, ni para novelista. Él sintió que le faltaban fuerzas y dio vueltas alrededor de la idea del suicidio, pidiéndole perdón tanto a Celia como a Sybilla. Pero no se mató esa noche, lo haría cuatro años después.

Por lo tanto, bastante se ha escrito sobre la relación entre los dos acontecimientos, la discusión en el IEP y el suicidio de Arguedas.

La segunda edición de la mesa redonda fue prologada por Guillermo Rochabrún, quien analiza cómo y por qué en el IEP no hubo un diálogo fecundo, sino más bien plagado de incomprensiones. Aparentemente todo está claro y no hay más que decir, la mayoría de los participantes ha fallecido y los que sobreviven no han querido abundar.

Pero quisiera plantear otra lectura de los hechos. Pienso que sí hubo creatividad. En todo caso, Arguedas les hizo caso y planteó su siguiente novela en la costa, en el puerto pesquero de Chimbote, donde se estaba dando la fusión entre el Perú criollo y el andino, que los científicos sociales le habían subrayado como el verdadero proceso social del país. Arguedas fue en busca de la problemática cuya ausencia le habían criticado.

Gracias a su sensibilidad, Alberto Escobar captó la conexión entre la mesa redonda y la última novela sobre los Zorros, en el prólogo que escribió para la primera edición de esa célebre reunión. Casi a la pasada menciona que Arguedas procesó el debate, al encarar la problemática de Chimbote. De esta manera, se habría sobrepuesto al mal sabor que le dejó esa tarde. Al suicidarse pocos años después, se quebraron sus fuerzas y se desataron viejas dolencias. Pero la mesa redonda no fue el acontecimiento que lo desmoronó, sino por el contrario, le dio alas a su última empresa intelectual.

El desgarro de esta novela postrera y la narración inconclusa –intercalada con los diarios que anuncian la muerte del autor– pueden leerse como una lucha final, una agonía, para emplear el término en su significado unamuniano. Por un lado, la racionalidad para comprender al nuevo Perú, y por el otro, sus crónicas angustias vitales, que se impusieron y lo llevaron al suicidio. Así, los Zorros de El zorro de arriba y el zorro de abajo serían los últimos vástagos de la mesa redonda del IEP.

19/01/2011

Fuente:
Diario “La República”

“MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS (II)” POR CÉSAR LÉVANO (DIARIO “LA PRIMERA”).


“MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS”
(II)


Por: César Lévano.

En los días en que escribía su novela, Arguedas dirigió desde Santiago de Chile a Horst Baeder, de la Universidad Libre de Berlín, una carta fechada el 29 de mayo de 1969, en la que se lee: “En tres meses acaso podríamos desentrañar hasta donde es posible este complejísimo y fascinante universo que es la cultura hispano-india labrada hasta haber alcanzado una especie de increíble estabilidad de contraste en el período colonial y que en estos últimos treinta años se está desintegrando de la manera verdaderamente más dramática e interesante. La novela que actualmente escribo trata de este último tema”.

Desgarramiento, desintegración: esas eran las corrientes que amenazaban al Perú y que castigaban el alma enferma del novelista. Pero la obsesión suicida enturbiaba el panorama del gran drama que buscaba reflejar.

El Perú era, por lo demás, un país desgarrado desde mucho antes, desde el día en que los conquistadores pusieron pie en la costa peruana. El propio Arguedas expuso en un texto poco conocido, La literatura como testimonio y como una contribución, escrito en 1966 (en la época en que anunciaba ya, en carta a su fraterno amigo Manuel Moreno Jimeno, su intención de suicidarse):

“Cuando, durante la niñez y la adolescencia, recorrí vastamente el país, recuerdo que el Perú estaba más dividido en su entraña, y frenado. Anduve a caballo con mi padre, por muchas provincias. Atravesé el país de Este a Oeste. Hice a caballo el camino del Cusco hasta Ica. Viví en un gran feudo, dos haciendas establecidas en las faldas de las montañas que orillan el río Apurímac. Una era de caña de azúcar, la otra de panllevar. Pertenecían a un solo dueño. Creo que entre ambas tenían unos quinientos siervos indios. Estos siervos podían ser azotados y aún muertos por el hacendado. Vi cómo mandó flagelar a un indio, haciéndolo colgar de un árbol de pisonay. Había escondido debajo de su poncho unos cuantos plátanos. La hacienda producía muchos plátanos que el dueño mandaba cosechar y meter en un depósito donde se podrían. El mercado más próximo era Abancay, y allí los plátanos costaban menos que lo que valía llevarlos desde la hacienda a esa ciudad”.

Más adelante sintetiza los cambios del país:

“Me he informado de la creación de Colegios Nacionales en Chipao, en Aucará, de la provincia de Lucanas; en Pacarán, del valle de Lunahuaná… ¿Colegios allí? Si mi padre fue recibido en los dos primeros pueblos, hacia 1918, como si fuera un semidiós por el sólo hecho de ser Juez de Primera Instancia, y, Pacarán, en donde dormí una noche, en 1929, era un pueblito resignado con su analfabetismo; era una especie de pequeño ratón adormecido. En este mes de junio de 1966, volví a Pacarán: hierve de niños y colegiales, de tránsito mecanizado”.

19/01/2011

Fuente:
Diario “La Primera”

martes, 18 de enero de 2011

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. “ARGUEDAS EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO PERUANO Y DEL MUNDO”.


JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. “DE UN PAÍS DE HIJ@S DE ESPAÑOLES A OTRO DE TODAS LAS SANGRES” POR RODRIGO MONTOYA ROJAS.

(1) “Arguedas es el escritor de los encuentros y desencuentros de todas las razas, de todas las lenguas y de todas las patrias del Perú”. (2) Arguedas no fue un testigo pasivo, ni se limitó a fotografiar y a describir, tomó partido.

“DE UN PAÍS DE HIJ@S DE ESPAÑOLES A OTRO DE TODAS LAS SANGRES”

Por: Rodrigo Montoya Rojas
Navegar Río arriba

Nació en Andahuaylas un día como hoy, en 1911. Vivió allí sólo tres años. Al perder a su madre, Victoria Altamirano, él y su hermano Arístides fueron llevados por su padre -Víctor Manuel, un abogado cusqueño- a San Juan de Lucanas. Como hijastros de doña Grimanesa Arangoitia viuda de Pacheco tuvieron una niñez difícil, tanto por la dureza de ella como por la constante ausencia del padre. En la cocina de la casa, doña Cayetana le dio la ternura que le hacía falta y en las tierras lucaninas de músicos, danzantes y comuneros que trabajaban felices en sus faenas, aprendió a cantar, a enamorar en quechua y también a admirar la fuerza de los comuneros, siempre compitiendo entre ellos para arar más profundamente la tierra, limpiar una acequia, bailar en la fiesta del agua o en su apoyo a los danzantes de tijeras preferidos.

Hizo sus estudios de secundaria en colegios diferentes en Ica, Yauyos, Abancay y Huancayo. En 1931, ingresó a San Marcos para estudiar Educación, siendo al mismo tiempo empleado de correos. Se decidió a escribir y contar lo que era el mundo andino luego de leer lo que jueces y literatos escribían sin conocer la realidad, ni sentirla. Imaginemos la furia que sintió cuando López Albújar contaba que los llamados indios no querían a sus mujeres e hijos y preferían a sus animales. En los cuentos de su primer libro, “Agua” (1935) presentó, desde dentro de la cultura quechua, el gravísimo conflicto entre señores e indios, con una poesía y ternura extraordinarias. Su relato Warma kuyay (amor de adolescente) es, tal vez, el mejor.

San Marcos lo acercó al debate político de entonces. Como simpatizante del Partido Comunista tuvo un breve momento de participación política organizada, pronto abandonó la célula cuando su jefe le reprochó emborracharse con los indios y acompañar a los danzantes de tijeras, antes que cumplir con sus tareas revolucionarias. Cuando le dijeron que los comunistas solo tendrían derecho a la alegría después de La Victoria, sintiéndose empequeñecido (chintirukuspa, en quechua) pidió salir de la reunión por un momento y no volvió más. En 1937, por asistir a un mítin de solidaridad con los republicanos españoles, fue apresado en la puerta de la casona de San Marcos y encerrado en “El sexto”, la dura cárcel limeña, en la que conoció de cerca el conflicto político entre apristas y comunistas, costeños y serranos, entre la ciudad y el campo. Allí, le sirvieron de consuelo las canciones quechuas aprendidas en Puquio y San Juan, reunidas y traducidas después en un precioso librito “Canto quechua” (1938). Más tarde, en su novela “El sexto”, JMA vuelve sobre los conflictos políticos, particularmente entre apristas y comunistas. Ya casado con Celia Bustamante, para recuperarse de su quebrantada salud siguió el consejo médico de volver a los Andes y emprendió el camino de profesor de lengua y literatura en el colegio Pumacahua de Sicuani. Vivió feliz el reencuentro con las piedras trabajadas como si fueran de barro, la luz y belleza del Cusco, el descubrimiento de las danzas, cantos y cuentos de sus estudiantes, de la voz maravillosa de Carmen Taripha, la cocinera del padre Jorge C. Lira en la parroquia de Calca, y los primeros estudios de folklore en el departamento de Antropología de la Universidad San Antonio Abad, con Efraín Morote Best y Josafat Roel Pineda. Estando en Cusco escribió artículos que se publicaron en el diario “La prensa” Buenos Aires, reunidos luego en el libro “Señores e indios”, publicado en Cuba por Ángel Rama. En ese fértil período escribió la novela “Yawar Fiesta” (1941) para presentar el mundo de señores indios en la provincia de Lucanas, particularmente en Puquio, a través de los toreros profesionales y los capeadores o jugadores andinos con los toros. Enriquecido con esa experiencia cusqueña, JMA tomó la decisión de estudiar Antropología en San Marcos.

Luego de publicar el relato “Diamantes y pedernales” (1954) y de concluir sus estudios de Antropología, volvió a Puquio en 1955 junto con Josafat Roel Pineda y el sociólogo francés Francois Bourricaud e hizo un trabajo de campo que le sirvió para escribir el libro “Puquio: una cultura en proceso de cambio”. En ese viaje, él y Josafat Roel recogieron una segunda versión del mito de “Inka Ri”, luego que el propio Roel y el antropólogo Oscar Núñez del Prado, lo oyeran por primera vez, algunos meses antes, a los K`eros del Cusco.

En 1959, la editorial Losada de Buenos Aires publicó su novela “Los Ríos profundos”. El éxito fue inmediato, lo situó entre los mejores escritores peruanos y le abrió las puertas para viajar invitado a diversos países. En la ficción, el niño Ernesto recrea una relación de amor y admiración con su padre, siempre ausente, gracias a un diálogo mágico a través de la voz de un trompo (el zumbayllu), los ríos y los vientos, y trata de un conflicto serio entre señores y siervos debido al monopolio de la sal.- No conozco en Perú una prosa con más ternura que la de esa novela.

En 1958, JMA pidió a la Unesco una beca para viajar a España y tratar de responder a la pregunta cuánto de España hay en las comunidades peruanas. Nunca antes antropólogo latino americano alguno había formulado un plan de trabajo como ese. Su libro “Las comunidades de España y Perú”, fue su tesis de doctorado en San Marcos en 1963, después de haber publicado en 1962 su cuento “La agonía de Rasu Ñiti”, un relato precioso sobre la vida y muerte de un danzante de tijeras, y su poema “Túpac Amaru Kamaq Taytanchisman Haylli Taki”, A nuestro Padre creador Túpac Amaru Himno-Canción). En 1963, su amigo Paco Miró Quesada, ministro de Educación en el primer gobierno de Belaunde, creó para él “La casa de la Cultura”. Dejó ahí su huella en la revista “Cultura y Pueblo”, en la presentación múltiple y constante de la Música, canto y danzas indígenas, principalmente andinas, en los mejores teatros de Lima y en el registro de artistas andinos como el primer reconocimiento oficial de su historia. El 1964, publicó su novela “Todas las sangres”.

Después de su tesis de doctorado JMA debió haber sido nombrado con todo derecho profesor de antropología a tiempo completo en San Marcos, pero no fue así. Amigos del Departamento de Humanidades de la Universidad Agraria le ofrecieron un puesto que sería el último. La tesis doctoral y la novela “Todas las sangres”, dejaron a JMA agotado, con pocos ánimos para seguir. Un viaje de algunas semanas a Estados Unidos, invitado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y varios viajes a Chile para recuperar su debilitada salud, marcan el momento de la larga crisis final. Su depresión, compañera constante desde su primera infancia, lo condujo en 1966 a un fallido intento de suicidio en el Museo de la Cultura peruana, del que era director.

Con un nuevo amor y un segundo matrimonio, Sybila Arredondo, hizo varios viajes a Santiago para ver a la psiquiatra Lola Hoffman. Su consejo de escribir para no morir lo embarcó en su último proyecto literario y póstuma novela “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. Si en “Todas las sangres” intentó una visión global del país, con la historia de los zorros asumió el desafío de ver el país dentro del capitalismo global en la media en que Chimbote era el puerto mayor de Perú, convertido en primer exportador de harina de pescado en el mundo. Dos mil años después del encuentro de los zorros yungas de abajo y andinos de arriba en el Pariaqaqa, nevado de la sierra de Lima -tomado del relato “Dioses y hombres de Huarochirí” que él tradujo del quechua- JMA los reunió por segunda vez en Chimbote para tratar de entender la historia contemporánea, al mismo tiempo que en sus “Diarios” iba contando cuán cerca estaba ya de acertar en su decisión de pegarse un tiro, y cuáles eran y habían sido sus convicciones literarias y políticas más importantes en el país que le tocó vivir.

A fines de noviembre de 1969, el tiro que se dio cerca de su oficina en la Universidad Agraria fue definitivo. Unos días después, murió. En los 42 años transcurridos y ahora, en el primer centenario de su nacimiento, JMA es un héroe cultural, un escritor de primera línea y uno de los cimientos firmes para pensar el futuro del país. Miles de jóvenes en todas partes lo toman como un ícono y mentor de lo bueno y mejor que tiene nuestro pueblo aunque estoy seguro que muchos de ellos y ellas lo han leído poco o nada. Lo que importa es lo que saben de él por sus frases que circulan como claves para entender el país. En particular una: “Todas las sangres”, que quiere decir, todas las lenguas y culturas, todos los rasgos biológicos existentes en la Costa, los Andes y la Amazonía; todas las naciones que existen escondidas y sometidas a una, la occidental criolla que se siente y define como única. La visión uni-cultural del Perú criollo oficial desde 1821 hasta ahora, expuesta en el ideal del Estado nación de un estado, una nación, un territorio, una lengua, una religión, importado de Europa y Estados Unidos, está en abierta contradicción con la realidad heterogénea y maravillosa del país, de una decena de culturas y por lo menos 50 lenguas, lo que se llama ahora diversidad cultural o multi culturalidad.

En “Todas las sangres”, la novela más importante del país, JMA inventa y deja las bases de solución de un gran conflicto entre el capitalismo y el mundo andino, pone en discusión la noción de patria y crea un personaje como Demetrio Rendón Willka, un indio que sabe leer y escribir, que tiene experiencia obrera y sindical, que no cree en Dios, no reniega ni siente vergüenza de su condición de indio, se identifica plenamente con el espíritu colectivo de las comunidades, disfruta con el trabajo-fiesta de la faena y que tiene la prudencia de los grandes sabios andinos, que habla con la fuerza de la naturaleza, que no tiene rabia, pero que quiere cambiar el mundo para que el Perú sea una patria para todos sus hijos y no sólo para los criollos. Quienes criticaron la novela esperaban que JMA reprodujera en la ficción la realidad de entonces y como no conocían a ningún Demetrio Rendón Willka o a ningún capitalista nacional o patriótico, dijeron que la novela tenía graves problemas. Ahora que la Constitución de 2008 sostiene que Bolivia es un país plurinacional y los pueblos indígenas tienen sus derechos colectivos e individuales asegurados, el sueño arguediano cobra una fuerza mayor. ¿No hay acaso un vínculo posible entre Demetrio Rendón Willka y Alberto Pizango? Falta que la cultura se vuelva política, es decir, que no defendamos únicamente el canto, la danza y la Música sino que, además, los pueblos indígenas tengan directa participación en el poder del país, de modo organizado y autónomo. En abril, o mayo próximo, volveré sobre la importancia literaria y política de Arguedas en mi libro “Cien años del Perú y de Arguedas”.

Rodrigo Montoya Rojas

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“Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraquchas, con lágrimas, amor, o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos, nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblos de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montaña donde la pestilencia del mal no llegue jamás- Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino”. (José María Arguedas, Túpac Amaru Kamaq Taytanchisman Haylli Taki, A nuestro Padre creador Túpac Amaru Himno-Canción. Ediciones Salqantay. 1962. Lima).

18/01/2011

Fuente:
Diario “La Primera”

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. “PAGANDO UNA DEUDA IMPOSIBLE”. POR ARIEL DORFMAN. (DIARIO “EL PAÍS‏”).

José María Arguedas.

TRIBUNA: ARIEL DORFMAN

“PAGANDO UNA DEUDA IMPOSIBLE”

Por: Ariel Dorfman

Cien años han pasado desde aquel 18 de enero de 1911 en que vino al mundo el fundacional escritor peruano José María Arguedas, un centenario que me permite, por primera vez, confesar que tengo con él una deuda que no acabo de pagar.

Muchos de los que tuvimos el privilegio y el goce de ser sus amigos tenemos una deuda parecida: este novelista y antropólogo que revolucionó el campo literario latinoamericano y modificó drásticamente la manera en que percibimos a los pueblos originarios del mundo terminó, desesperado y deprimido, suicidándose en Lima a la edad de 68 años -la misma edad que, extrañamente, detento yo ahora que por fin asumo públicamente la culpa personal que me toca en su prematura desaparición-.

Pese a que me llevaba más de tres décadas de ventaja, fuimos entrañables amigos. Gracias a los buenos oficios de Pedro Lastra, y de los Arredondo, la familia chilena de la mujer de José María, pude intimar con él después de haberlo leído con encanto y también con algo de desasosiego ante el abismo de perversidad que revelaba en un Perú que maltrataba y despreciaba a las candentes mayorías indígenas. Tuvimos largas conversaciones, lo escuché cantar huaynos en quechua, lo vi danzar hasta el amanecer, llegué a entrevistarlo varias veces y finalmente produje un ensayo sobre su obra que él refrendó, y esa empatía mía con su literatura y persona lo llevaron a llamarme hermano, parte de la misma lucha por la belleza y la justicia y la verdad.

Apreciaba mis opiniones. No lo digo para vanagloriarme, sino porque es indispensable para asomarse al desenlace de nuestra relación. Apreciaba mis opiniones, repito, y fue por eso que, en octubre de 1969 -¿o puede haber sido en septiembre o a principios de noviembre?- me avisó de que venía a Santiago y que quería verme, "por algo importante".

Lo que le desvelaba, me explicó, cuando finalmente nos encontramos, era su nueva novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, aún inconclusa.

-Necesito saber lo que piensas, Ariel. No se asemeja a nada que haya escrito antes.- Y me pasó un grueso manuscrito, pidiéndome que lo leyera pronto para que pudiéramos conversar antes de su retorno al Perú.

Me pasé los días siguientes, y buena parte de las noches, sumergido en las arenas de ese libro monumental. Mi primera impresión fue de espanto: comenzaba José María por advertir al lector, en un diario de vida que no tenía nada de fingido, que recientemente había tratado de suicidarse.

Similares revelaciones sobre su crisis, su incapacidad de seguir escribiendo, se reiteraban en el resto de la novela, cuyo núcleo central, sin embargo, estaba constituido por una ardua y alucinada narración sobre Chimbote. Me sentí atraído -no lo pude evitar- más por el dolor lúcido del amigo fidedigno e histórico que por los personajes que deambulaban por un puerto degradado y a la vez mítico, una insaciable ciudad de pescadores en que figuras legendarias se cruzabancon locos y prostitutas y enviados del imperio y migrantes de la sierra. Si entendía demasiado bien lo que pasaba con mi querido José María, sus hombres y mujeres ficticios carecían, en cambio, de la envergadura emocional de sus escritos anteriores y la prosa en que respiraban me pareció desconcertante, opaca, enmarañada. Algo que siempre me había fascinado de Arguedas era su estilo espléndido, fruto, como su vida misma, de su ser mestizo, su existencia precaria a horcajadas entre dos mundos, el blanco y el indio, forjando en el lenguaje mismo un modelo de cómo la cultura autóctona podía revertir el sentido y flujo de la conquista, podía apoderarse de la palabra. En todos sus libros precedentes había construido una sintaxis deslumbrante, tensionada entre la luz y la oscuridad, la alegría y el desconsuelo, permitiendo que sus lectores se asomaran, sin dejar el castellano, al mundo andino prohibido y ultrajado. Leerlo siempre había sido, por lo tanto, una experiencia inolvidable y única. Pero Arguedas, aparentemente, había llegado a la conclusión de que era una experiencia demasiado cómoda, hasta acomodaticia. Porque en la novela de los zorros abandonaba toda pretensión de que se lo entendiera con claridad, entorpecía ese placer transcultural, había decidido salirse de las fronteras habituales de lo reconocible para un lector sumido, como yo, en la tradición occidental y moderna. Era, para ser franco, una novela quechua y, para mi mala fortuna, me sentí extranjero, dislocado, en ese mundo.

Se lo dije. Haberlo callado hubiera sido más piadoso con un hombre que sufría una depresión psicológica tan catastrófica; más piadoso, sí, pero indigno de él y de nuestra relación basada en la lealtad y la transparencia. Le conté, entonces, durante una larga tarde que pasamos, recuerdo, al interior del auto que mi padre me había prestado para que lo visitara, desmenucé lo que me había conmovido en su obra nueva y también lo que estimaba confuso y enrevesado, aquello que necesitaba -sí, eso es lo que le dije yo, a los 27 años de edad, a este magnífico escritor que había hecho cantar a los ríos y era hermano de las montañas- más trabajo, más coherencia, más organicidad narrativa.

Si le dolió mi opinión, fue demasiado gentil para hacérmelo saber. Dijo que tomaría en cuenta esos comentarios, y que le había dado mucho que pensar. Y nos despedimos con el abrazo de siempre, como si nada.

Unas semanas más tarde, un mes más tarde, más tarde, más tarde, demasiado tarde y demasiado temprano, a fines de noviembre de 1969, me llegó la noticia de que se había disparado un tiro en la sien en la Universidad Agraria de Lima. Recordé algo que me había susurrado en alguna lejana madrugada: "Si no puedo escribir, mejor es no estar vivo". En efecto, había completado su novela con su propia muerte.

No soy tan arrogante como para pensar que si le hubiera alabado, ay, si le hubiera entendido, su texto, podría haber evitado su sacrificio. Pero de todos modos me reproché entonces y me seguí reprochando durante décadas el hecho de que no me rajé el corazón, no abrí los ojos hasta el cielo, no me desgarré el alma, no salté el despeñadero que nos separaba. No supe estar a la altura de su visión y su amistad, no fui capaz de aceptar con humildad el regalo híbrido y ambicioso y trastornante que me estaba ofreciendo a mí y al mundo.

Pero el centenario de su nacimiento no debería ser ocasión únicamente para expiaciones. Debe ser, ante todo, una celebración, el recuerdo de que su obra y su vida se fundaban en una apuesta primordial: que la cultura de los Andes -imbuida de amor a la naturaleza, moral y estéticamente superior a quienes la sojuzgaban- era capaz de salvar a la humanidad contemporánea presa de un progreso avaro e insensato que se erige sobre la explotación de la tierra y de nuestros semejantes, la apuesta todavía vigente de que hay otra humanidad posible.

¿Hay alguien más vivo que Arguedas hoy? ¿Hay alguien más relevante en este tiempo en que la especie se encamina hacia el apocalipsis? ¿Hay alguien que escribió con más lucimiento y grandeza sobre lo que significa vivir y morir y sobrevivir en nuestra encrucijada inacabable?

Tengo una deuda contigo, José María. Lo que he descubierto, ahora que tengo la edad tuya cuando nos dejaste, es que es también una deuda que tenemos todos, he descubierto que nos toca volver a leer los profundos ríos de tu literatura para rescatarte, esta vez sí, de la muerte que dicen que te devoró.

Ariel Dorfman es escritor chileno. Su última novela es Americanos: los pasos de Murieta.

18/01/2011

Fuente:
http://www.elpais.com/

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. “MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS (I)” POR CÉSAR LÉVANO. (DIARIO “LA PRIMERA‏”).

José María Arguedas.

“MEDITACIÓN AL PIE DE LOS ZORROS”
(I)

Por: César Lévano

El siguiente es un texto inédito. Lo he escrito para la reedición ya en prensa de mi libro Arguedas. Un sentimiento trágico de la vida. Como en los días próximos voy a estar en Andahuaylas, invitado por la Universidad José María Arguedas a la conmemoración del Centenario del nacimiento del autor de Agua, Yawar Fiesta, Los ríos profundos y Todas las sangres, en ese lapso publicaré fragmentos del mencionado trabajo.

1. Hay dos temas centrales en El zorro de arriba y el zorro de abajo: Chimbote y el suicidio. Un desgarramiento social y una perturbación interior. Esa marcha paralela concluye en la frustración y la muerte. Pero en el curso de la historia colectiva y del drama íntimo hay momentos de esperanza, relámpagos de fe.

Hay que ir más allá de Chimbote y de la psiquis de Arguedas para encontrar la clave final de su vida y su mensaje. Esto significa hurgar en lo que Arguedas escribió en otros escritos al mismo tiempo que volcaba su angustia en las páginas de El zorro. Hay que iluminar la noche interior del texto y del alma con la realidad del Perú y del mundo, cuyas peripecias seguía el autor desde su juventud temprana. Esto es indispensable para despejar ciertas versiones sectarias de quienes sueñan con reanudar la era de la violencia que azotó al Perú.

Dos desesperanzas presiden la novela. La visión de un desarrollo capitalista –capitalista dependiente– que avanza arrolladoramente, con su entraña de riqueza monetaria, explotación cruel y ruina moral, y se personifica en la industria de la pesca y en su personaje central, Luis Banchero, el Braschi de la ficción. Hay que comprobar que, cuarenta años después de la muerte de Arguedas, ese proceso no se ha detenido.

La realidad profunda de Chimbote, la lucha de clases que allí se despliega, está presente, aunque no de forma amplia, en la novela. Los magnates de la pesca, sus maniobras antiobreras están allí. Y también los personajes obreros.

También emergen de esas páginas la gran inmigración andina, la corrupción fomentada por los dineros súbitos, la prostitución, la degradación verbal, el despojo cultural. El proceso de pérdida de identidad, que Arguedas temía, se ha cumplido y se ha ampliado a todo el Perú. Pero lo que Arguedas no previó es que surgiría también una contracorriente poderosa, que avanza no sólo en las provincias, sino en la propia Lima. Como me dijo el folclorista ayacuchano Roberto Teves: “El quechua se habla hoy en los ómnibus, los mercados, las plazas y las calles de la capital. Lima se está convirtiendo en quechuahablante”. La derrota cultural que Arguedas temía no ha ocurrido; lo que hay es un gran choque, un encontrón, que sin duda va a reforzar, al final, al Perú cholo, mestizo, urbano, que no reniega de la herencia ancestral, sobre todo andina.

18/01/2011

Fuente:
Diario “La Primera”.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. “476 AÑOS DE LIMA Y 100 DE ARGUEDAS” POR NELSON MANRIQUE. (DIARIO “LA REPÚBLICA‏”).

José María Arguedas.

“476 AÑOS DE LIMA Y 100 DE ARGUEDAS”

Por: Nelson Manrique

Al hablar de José María Arguedas –escritor, antropólogo, gran animador cultural– se piensa en la sierra y suele olvidarse que él vivió en Lima la mitad de su vida. La vivencia de la migración (una experiencia común a millones de peruanos) atraviesa su vida y sus reflexiones, desde su niñez errante, acompañando al padre juez, hasta su inserción en el medio intelectual limeño, en el que batalló incansablemente por lograr el reconocimiento de la cultura andina. Alfredo Torero –gran lingüista y amigo íntimo suyo– me hizo una vez la observación de que cuando JMA perdía el camino (le sucedió, por ejemplo, al empezar a trabajar antropológica y literariamente la ciudad de Chimbote) invariablemente era a través de su contacto con los migrantes que retomaba el hilo. Basta releer El zorro de arriba y el zorro de abajo para constatarlo.

El aporte de JMA ha sido capital para definir la identidad cultural de Lima. No solo presentó la sierra al público limeño sino contribuyó a resolver necesidades muy sentidas de sus coterráneos. Los primeros inmigrantes tuvieron que enfrentar no solo un profundo choque cultural sino, sobre todo, sufrir los prejuicios con que históricamente los costeños han visto a los serranos. Para los viejos limeños los migrantes venían a quitarles su ciudad, eran sucios, desconfiados y taciturnos. Los serranos, por su parte, consideraban a los costeños ociosos, inconstantes y superficiales. Pensar en un proyecto de integración nacional en esas condiciones era iluso.

La imagen de Lima como una Arcadia colonial, construida por Ricardo Palma y poetizada por Chabuca Granda, contribuyó a alimentar los equívocos. Cuando se producen cambios muy acelerados en la realidad, los ojos con que se ve esta tienden a quedarse fijados en las viejas imágenes y son incapaces de registrar lo que objetivamente sucede. Algo así ocurrió a Lima en la transición demográfica que la andinizó a mediados del siglo XX. Mientras Chabuca cantaba a la ciudad del río, el puente y la alameda, a una aristocracia terrateniente que recorría senderos bordeados de naranjos cabalgando en caballos de paso, Lima estaba siendo profundamente transformada por la gran oleada andina, en medio de grandes tensiones y resentimientos. El sentimiento de los viejos limeños, de que los migrantes estaban destruyendo su ciudad, era reforzado por el colapso de los servicios públicos, incapaces de abastecer la demanda de una población que se multiplicó por diez en apenas tres décadas, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. Para los recién llegados la urbe era ajena y hostil, y los clubes de migrantes fueron un espacio fundamental de defensa. El otro fueron los coliseos.

Lima ignoraba las culturas del interior. Como el etnomusicólogo Raúl Romero ha recordado, para los limeños la música serrana –conocida a partir de los espectáculos montados en los años 20 por el presidente Leguía en la pampa de Amancaes– era genéricamente conocida como “música incaica”. Los grupos folclóricos migrantes, fueran de donde fueran, para ser aceptados, tenían que disfrazarse con atuendos supuestamente incaicos e interpretar música cusqueña, la única que reconocía la sensibilidad criolla. JMA asumió como una cruzada personal la defensa del derecho de los migrantes a preservar su identidad. El gran violinista Máximo Damián recuerda que él no se limitaba a exhortarles a que defendieran la autenticidad de su arte, no dejándose alienar por las disqueras, sino que paralelamente buscaba conseguirles modestos trabajos, a través de sus contactos, para que pudieran vivir con dignidad y cultivar así su arte sin graves apremios materiales. Los coliseos se convirtieron entonces en un crisol cultural en el que los miles de migrantes que asistían cada semana a escuchar a los intérpretes de su localidad aprendían a disfrutar con la música de todas las regiones del Perú; toda una lección de interculturalidad.

La gran cantidad de homenajes a JMA a lo largo del año muestra la consciencia que tiene la sociedad civil de la importancia de su aporte. Qué distantes están los líderes políticos (que propusieron que este fuera el año de los submarinos, o el de Macchu Picchu) de este sentimiento.

18/01/2011

Fuente:
Diario “La República”

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - CIEN AÑOS: 1911-2011. ENTREVISTA CON CARMEN MARÍA PINILLA POR CYNTHIA CAMPOS. DOMINGO (DIARIO “LA REPÚBLICA”)‏.



OBRA VIVA. A la obra literaria de Arguedas se unirá este año la edición de sus estudios antropológicos.

CASADOS. Celia Bustamante y José María Arguedas luego de casarse en Sicuni, Cusco, adonde había ido como maestro de una escuela de alumnos quechuahablantes, el 30 de junio de 1939. El amor nacido en la prisión El Sexto, se rompería luego de 26 años.

“LOS IDEALES DE ARGUEDAS NO SON ARCAICOS, APUNTAN AL FUTURO”

Este martes 18 de enero se cumplen cien años del nacimiento del escritor José María Arguedas (Andahuaylas 1911-Lima 1969). El autor de Los ríos profundos, Todas las sangres y El zorro de arriba y el zorro de abajo dejó un legado que ahora es revalorado con homenajes nacionales e internacionales y con el anuncio de la edición completa de sus estudios antropológicos. Carmen María Pinilla, estudiosa de su obra, hace aquí un acercamiento a sus ficciones, pero también a su vida atormentada, marcada por los contrastes.

Por: Cynthia Campos

“Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor. Dicen que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos (...). Dicen que algunos doctores afirman eso de nosotros”, escribió José María Arguedas en 1966 en un texto que tituló Llamado a algunos doctores. Líneas después, los desafiaría: “Saca tu largavista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes. Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan”. Arguedas lanzaba así el reto: entender el ande con una nueva mirada, una que valore la riqueza de la cultura andina como la de todas las culturas que habitan el Perú, para lograr un país, como en el título de su novela, de todas las sangres.

El reto de repensar a Arguedas sigue vigente y fue el propio Mario Vargas Llosa quien recordó al autor en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010. Vargas Llosa saldaba con él una deuda que tenía desde que publicó La utopía arcaica (1996) y los expertos de la obra de Arguedas, como Alejandro Ortiz Rescaniere y Rodrigo Montoya, le salieron al encuentro. La especialista Carmen María Pinilla, miembro de la Comisión del Centenario de José María Arguedas, nos acerca a esta polémica y a la vida y obra del autor de Yawar Fiesta.

–¿Mario Vargas Llosa ha cambiado su visión sobre la obra de José María Arguedas. Ya no la considera ‘arcaica’?

–En primer lugar, Mario Vargas Llosa admira a Arguedas. Es un admirador sincero de la obra de Arguedas y la ha estudiado a profundidad. Lo que pasa es que él considera que José María Arguedas siente alguna añoranza porque se está perdiendo la tradición andina, pero Vargas Llosa interpreta esta añoranza como un deseo de regresar a ese orden andino, de que no cambie, de que se quede congelado. Entonces, sí, pienso que con este último discurso Mario Vargas Llosa ha enmendado el calificativo de ‘arcaica’ a la utopía de Arguedas, o a los ideales de Arguedas. No son arcaicos porque los ideales de Arguedas no son regresar al pasado sino más bien utilizar valores del pasado, que existen todavía en las poblaciones actuales, herederas del pasado incaico, y que esos valores tengan una utilidad en el futuro. Por último, sería en todo caso la utopía de todas las sangres, como dijo Rodrigo Montoya.

–¿Qué hace al mensaje de la obra de Arguedas un discurso tan actual?

–Este proceso por hacer del Perú un país de todas las sangres sigue vigente y las expresiones culturales del ande también; no se opacan en absoluto con la llegada de las tradiciones occidentales. Aún ahora sucede eso. Mira, por ejemplo, en Gamarra, las creaciones de los empresarios de origen andino tienen todos los colores del ande. Fíjate en la música chicha. Nuestro idioma también está lleno de imposiciones de la cultura quechua. No es que se va a arrasar con el pasado; se está demostrando que eso no es así necesariamente. Además, Arguedas habla de segregación y discriminación, que son problemas que se viven aún ahora en todas partes del mundo, por eso lo estudian en España, en Alemania.

–Pero el mensaje arguediano ha sido aprovechado políticamente también. Alejandro Toledo, por ejemplo...

–Claro. Sin ir más lejos, también el gobierno de Fernando Belaunde. Belaunde apreció la obra de Arguedas y muchas veces se inspiró en ella, incluso lo invitó a ser director de la Casa de la Cultura. Esa es la propiedad y la actualidad de Arguedas, que es de todos y no puede ser apropiado por un partido político o un determinado sector, ya sea de derecha o de izquierda. Es algo parecido a lo que sucedió también con la figura de Túpac Amaru en los tiempos de Juan Velasco Alvarado. Pero está bien que Toledo lo cite porque lo difunde, y en la medida que lo lees te das cuenta de que no es el mensaje de Toledo sino el de Arguedas.

Arguedas en su tiempo

–¿Cuáles son los hechos que marcan la escritura de José María Arguedas?

–Como dijo Alberto Flores Galindo, Arguedas vivió los procesos sociales más importantes del Perú en el siglo XX. Entre los 9 y 14 años vio nacer los grandes movimientos reivindicatorios del indio en la sierra. Entre los 20 y 23 años ve la serie de levantamientos de los indígenas en contra del gamonalismo, que había alcanzado altísimos niveles de explotación. Además, su padre era juez de primera instancia en Puquio y tenía que recorrer con él varias regiones en el país. Ello sin contar que, desde niño, el escritor estuvo expuesto a los contrastes. Mientras el padre salía de viaje, la madrastra en casa lo maltrataba y lo exiliaba al mundo de la cocina, con los indios. Cuando el padre regresaba, lo peinaban, lo limpiaban y lo sentaban en el comedor principal. Él pudo ver ambos mundos, del indio y del gamonal con todas las desigualdades y contrastes entre ambos, desde muy chico.

–En Lima también ve estos contrastes...

–Sí, en la década del 40 van a intensificarse los movimientos migratorios que cambian totalmente el rostro de las ciudades. Todo esto va a cambiar la situación en el ande y, coincidiendo con el empobrecimiento del agro, se produce el deseo de emigrar, de abandonar el campo, la agricultura tradicional. Esto significa un cambio total en la costa, donde Arguedas es testigo de cómo se van formando los pueblos jóvenes, las barriadas. Él frecuenta estas barriadas, tiene allí amigos músicos, folcloristas, y los visita frecuentemente. Por eso es que critica a Luis Felipe Angell (Sofocleto) cuando este publica su novela La tierra prometida, y –según Arguedas– las presenta como una realidad deformada y sin futuro. Arguedas dijo que no es así y quiso demostrarlo en su última novela El zorro de arriba y el zorro de abajo cuando presenta en el escenario del mercado a migrantes de distintas partes del Perú que caminan juntos y luchan por un proyecto común.

La realidad golpea como un río

–Se dice que uno de los mayores aportes de Arguedas ha sido revalorar la figura del indio...

–También lo creo, pero se ha prestado a exageraciones. Es un tema que le han achacado mucho, sin embargo el mismo Arguedas se defiende diciendo que él no retrata solo al indio. Él dice que para expresar al indio él tiene que expresar con la misma agudeza a los personajes que hacen del indio lo que es. Es decir, él trabaja con el mismo ímpetu al gamonal, al patrón, a los jueces, a los curas, al gendarme, etc, y los presenta a todos –incluyendo al indio– con sus virtudes y sus defectos. Su objetivo es otro. Él dice muchas veces qué es lo que le lleva a escribir. Dice que los dos grandes objetivos de su vida son mostrar una realidad desconocida –o mal conocida por los prejuicios– y luego golpear como un río la conciencia del lector. Por eso luego va a complementar su vocación literaria con la de científico social, de antropólogo.

–Una de las acciones en homenaje por el centenario es editar la obra completa de los estudios antropológicos de Arguedas. ¿Cómo va ese proyecto?

–Los esfuerzos han sido inmensos y finalmente se consiguió que el señor Humberto Damonte publique la obra antropológica de Arguedas este año, posiblemente a mediados de mayo. Mira qué importante es: la obra antropológica tiene 7 tomos, la literaria 5. Ha sido un gran trabajo, conseguir documentos de revistas, libros y archivos especializados del Perú y del extranjero.

Amistad poética

–Este año se cumple también el centenario del nacimiento del poeta Emilio Adolfo Westphalen, íntimo amigo de José María Arguedas. Usted estudió la correspondencia entre ambos. ¿Cómo era esta amistad?

–Maravillosa y alturada. En mi libro Apuntes inéditos. Celia y Alicia en la vida de José María Arguedas se reúnen numerosas cartas, muchas de ellas de Emilio Adolfo Westphalen. Y es que cuando ellos se escribían había siempre una parte dirigida a los amigos y otra parte para las esposas. Se dirigían o bien a Celia o bien a Judith Ortiz Rescaniere, artista plástica, hermana de José Ortiz Reyes, otro gran amigo de Arguedas. En esas cartas se habla de literatura, de política. Además, cuando Arguedas está con sus alumnos quechuahablantes les da a leer poemas de Westphalen. Es un amigo muy tierno. Arguedas se preocupa mucho por las hijitas del poeta, Silvia e Inés. Se ayudan, se aconsejan.

–También se burlan de Pablo Neruda.

–(Ríe). Sí, les parece horroroso el poema que hace Neruda a Machu Picchu.

–Las mujeres jugaron un rol importante en la vida amorosa de Arguedas, pero parece quejarse siempre...

–Lo que pasa es que Arguedas era enamoradizo y enamorador. Su primer gran amor fue Celia Bustamante Vernal, pero antes tuvo varias relaciones, no tan fuertes. José María y Celia, que ya se habían conocido en la peña Pancho Fierro, se enamoran cuando ella lo visita y ayuda en la prisión El sexto, en compañía de su hermana Alicia, quien pertenecía a Socorro Rojo (organismo del Partido Comunista). Arguedas estaba preso por protestar contra un general fascista que visitó San Marcos. Viven 26 años de un matrimonio feliz para todos los que los conocieron. Pero él frecuentemente se queja de insatisfacción. A la par, tiene varios amoríos que no llegan a nada. Solo uno es importante, el romance que tiene con Vilma Ponce, en Apata (Junín), que lo ayuda a terminar Los ríos profundos. Finalmente, se enamora de Sybila Arredondo, pero también se queja de insatisfacción. Con todo, cuando él se siente decaído, enamorarse e ilusionarse le despierta la chispa de la vida.

–Pero la depresión le gana a la ilusión.

–Es característico de su tipo de personalidad. Esta personalidad que tiene sentimientos de muerte, que luego de la muerte de la madre vive en ambientes amenazantes. Con un padre casi ausente, tendrá luego problemas para mantener vínculos afectivos estables. Va siempre buscando a la mujer perfecta, virginal, algo que, evidentemente, no se puede alcanzar.

Las crisis

–Otra mujer, su terapista Lola Hoffmann, es fundamental también.

–Sí, a partir de los años 60 él comienza terapia con Lola Hoffman. Arguedas dice que es ella quien le da el empuje para terminar su matrimonio con Celia. Pero luego Lola entrará en crisis también; muere su pareja sentimental y luego tendrán que quitarle un ojo por un problema de glaucoma. Esto afecta a Arguedas profundamente; su temperamento es bastante sensible.

–Bastante sensible a las críticas también. La mesa redonda sobre Todas las sangres en el año 65 lo hirió de muerte...

–Esas críticas en el Instituto de Estudios Peruanos fueron devastadoras, pero no creo que hayan sido determinantes de su decisión de suicidio. Su situación afectiva, el problema de Lola Hoffmann –su ‘mama Lola’–, la situación política y social, el hecho de que siente que otros han hecho cosas mejor que él –como la traducción de los mitos de Huarochirí–, todo ello hace que no soporte más. Es curioso, en el psicoanálisis se ve que las personas que han tomado esta decisión radical sienten tranquilidad. Eso al parecer le ocurrió a Arguedas pues antes de morir hizo llamadas para despedirse de sus seres queridos, dio recomendaciones, escribió cartas.

Lo que dice en el último diario, incluido en El zorro de arriba y el zorro de abajo, lo corrobora. “He sido feliz en mis llantos y lanzazos porque fueron por el Perú; he sido feliz con mis insuficiencias porque sentía el Perú en quechua y en castellano (...). En la voz del charango y de la quena lo oiré todo”. Sí lo oyó. Pero fue después de que sus amigos trasladaron su cuerpo a escondidas para que fuera enterrado en su tierra, Andahuaylas. Lo oyó todo: las danzas, los charangos, las quenas y los cantos.

En el Perú y el extranjero

El martes 18, el Congreso de la República realizará un homenaje a José María Arguedas, que será iniciado con la parte musical de Máximo Damián y Jaime Guardia. Seguirán las ponencias de expertos como Carmen María Pinilla. El miércoles 19, se inaugurará la muestra bibliográfica ‘Poética de un demonio feliz’, en la Biblioteca Nacional. Allí mismo se abrirá la mesa redonda ‘Literatura y realidad andina en la obra de José María Arguedas’. El mismo día, la Universidad Agraria de La Molina rendirá otro homenaje, también con mesas redondas y testimonios. La revaloración de la obra del autor de Agua también será internacional. En Cuba ya se alista otra serie de actividades, convocada por la Casa de las Américas. En Roma, la Asociación Cultural Nuevo Horizonte también prepara un homenaje.

16/01/2011

Fuente:
Diario “La República” Suplemento “Domingo”.