“SOBRE
COSMIGONÍA”
Por: José María Zárate
Crítico,
ensayista y poeta
Y
si en alguna de las artes llega a expresarse una visión del mundo, es en la
poesía.
La
esencia de la filosofía.
Guillermo
Dilthey.
Los intelectuales (los filósofos y poetas)
a lo largo de la historia han postulado numerosas concepciones sobre el origen
y la naturaleza del cosmos. Así, por ejemplo, Heráclito de Éfeso expresó: “Este
mundo, el mismo para todos los seres, no fue creado por hombres ni por dioses,
sino que fue, es y será fuego siempre vivo…”. Y Parménides de Elea, por su
parte, en Sobre la naturaleza,
declaró: “Hay que decir y pensar que el Ser existe, ya que es a Él a quien
corresponde la existencia…”. Y Hesíodo, por su lado, en su Teogonía, cantó que: “En primer lugar existió, realmente, el Caos.
Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los inmortales que
ocupan la cima del nevado Olimpo…, y Eros…”. Y, finalmente, recordemos que
Lucrecio en su De rerum natura o De la naturaleza de las cosas, versificó
lo siguiente: “A nuestros raciocinios ya volvamos: / estriba, pues, toda
naturaleza, / en dos principios: cuerpos y vacío…”. Vemos pues, que la
filosofía y la poesía, desde sus propias perspectivas, han explicado, imaginado
o descrito, al mundo y la realidad.
Ahora bien, es menester subrayar que la
poesía, aún hoy en día, continúa – y continuará- elaborando diversas
interpretaciones sobre el Ser (o realidad). En este aspecto, la poesía sigue
conservando su misma audacia – y versatilidad- de siempre. Y prueba de ello es
el poemario Cosmigonía, de Jaime
Donatp. En efecto: el vate, en su libro, emprende la intrépida empresa de
plasmar una nueva visión del Ser (lo cual siempre resulta ser una tarea difícil
y compleja). Cosmigonía, asimismo, se
propone excavar en las profundidades de la existencia - a través de un lenguaje
de corte vanguardista-. O dicho en otros términos: aborda la relación
hombre-universo. Por consiguiente, esta publicación es un viaje hacia las
regiones de lo metafísico y material. Sin embargo, debemos precisar que este es
un viaje selectivo, puesto que sólo se centra en determinadas categorías.
Salta a la vista que el autor dibuja a un
cosmos, básicamente, umbrío, agobiante e inflexible. Este cosmos, en esencia,
es opresor y desconcertante. Este mundo se funda – y se sostiene- en un orden o
sistema injusto e ilegítimo. Este cosmos, por tales motivos, es fuente de
zozobras y malestares permanentes. Esta visión, al parecer, se inspira en la
corriente filosófica del existencialismo. De ahí que Donatp escriba en un lugar
de su trabajo: “sólo la náusea podrá detenerme para no escapar del/ momento en
que llego a lo absoluto”. La categoría náusea,
como es sabido, es un término existencialista por excelencia. Esto no debe
olvidar el lector. Ahora bien, urge señalar que Jaime Donatp rechaza
categóricamente el orden arbitrario
de este universo. El bardo rechaza la ilegalidad e injusticia de este sistema,
sistema que habría sido impuesto de
manera unilateral y tiránica por fuerzas supraterrenales. Por tal motivo, el
poeta considera que este orden infame debe ser derribado, anulado y
reemplazado, a fin de que se instaure un sistema realmente justo – y aceptado
por todos-.
Prosigamos: la categoría ciudad es la
primera piedra – o palabra- sobre la que se construye Cosmigonía. El autor, por tanto, no cae en abstracciones. La urbe,
aquí, personifica a la sociedad o al
conjunto de los hombres. En consecuencia, aquí tratamos del hombre urbano.
Ahora bien, se advierte que esta metrópoli, desgraciadamente, ha sido
secuestrada por el poder del sistema (u orden cósmico) imperante. Este sistema,
lamentablemente, se ha apoderado de la sociedad. Este orden nocivo se asemeja a
la atmósfera contaminada, cuyo aire insano corroe al habitante metropolitano.
Por eso mismo no sorprende que el poeta declare en un texto: “saber la ciudad.
conocer los márgenes de la niebla./ pensar en la ubicuidad de la horadante
imagen…/ silencio y que se haga silencio. las aves emigran en/ dirección
opuesta al sol. mantienen la esperanza de/ poder hallar eternamente la noche”.
Repárese en que la metrópoli, aquí, se confunde con la niebla, el silencio y la
noche. Obsérvese que las aves, acá, avanzan con dirección opuesta a la gran luz
(el sol), ya que, sorprendentemente, prefieren habitar en la región de la nocturnidad.
El anochecer, por ende, ha pasado a ocupar el lugar central. Se hace evidente
que las cosas marchan al revés en este cosmos. Lo irracional, entonces, se
convierte en racional. El logistikós
(lo racional), acá, es arrollado y desbaratado por el alógistos (lo irracional). En este cosmos anómalo acaecen hechos
que jamás ocurrirían en un cosmos normal.
Continuemos: Y en otro poema del libro que
comentamos, resaltan estas líneas: “manifestarse adepto a la noche y/ a la
plateada oquedad que nos ilumina. / quedarse suspendido y agitar los brazos en
la/ búsqueda de nuestro puñal/ para adelantarnos a la gran muerte/ y acelerar
el paso de la estación”. Estas imágenes, a todas luces, son trágicas. De lo
leído se desprende que este mundo ilegítimo ejerce una influencia negativa en
los entes, puesto que la oscuridad los impulsa a realizar acciones
descabelladas. De allí que señaláramos que este universo se caracteriza por su
irracionalismo.
Detengámonos, ahora, en estos reveladores
versos: “nada más horrendo que calificar todo como un simple/ pasatiempo. como
una pluma que vuela sin sonido y/ sin sentido por albedrío del viento:/
envidiable transporte”. Estamos ante una denuncia fundamental, denuncia que
pone en el tapete el gravísimo problema de la banalización extrema de las
cosas. El trovador, con razón, alza su voz de protesta ante esta dramática
situación (producida por la sociedad que retrata). Donatp cree, acertadamente,
que la existencia, ante todo, es trascendencia. Por eso apuesta por un orden en
donde prime lo trascendente, mas no, lo intrascendente. Esto es una apología de
la humanidad y de su obra civilizadora. Nótese que el mundo dibujado – y
criticado- por el autor se asemeja mucho, en este aspecto, a nuestro mundo
postmoderno. En ese sentido, debemos de estar muy alertas frente a los peligros
que este fenómeno sociocultural trae consigo.
Por otro lado, diremos que el hombre
urbano de Cosmigonía cree en la
consciencia. La consciencia es la base sobre la cual se apoya, y sobre la cual
se proyecta. Él cree en sí mismo, pese a las dificultades de su entorno. Este
habitante, bajo ningún concepto, quiere convertirse en víctima de las
circunstancias. Al contrario: él pretende dominarlas y someterlas, aun cuando
ello resulte una tarea sobremanera dificultosa. De esto se concluye que la
persona, pese a todo, es el meollo de este universo.
Por último, deseo hacer hincapié en este
punto: es cierto que el cosmos que describe Cosmigonía
es un lugar complicado. Sin embargo, no debe olvidarse que, pese a todo, la
categoría belleza también tiene un sitial en dicho mundo. Claro: Jaime Donatp
le atribuye diversas cualidades a esta categoría. De hecho, la hermosura, de
acuerdo al autor, es una suerte de luz y movimiento rítmico. De ahí que el mismo
aedo poetice: “y la hermosura como la tigra que me asalta desde sus/
entrecejos. gata enorme de movimientos pausados y/ encendida mirada/ cortina
del fuego que adora Leviatán/ y que muestra el portento de la naturaleza
misma”. El poeta identifica a la hermosura con el dinamismo, la vivacidad, la
fuerza, la felinidad y el mundo animal de la naturaleza.
Lima, 06 de enero 2014
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